La grandeza clandestina de Javier Marías

Este trabajo se compone de la traducción de un artículo aparecido en The New Yorker y de aportación propia (mis lecturas sobre una buena parte de su narrativa) basado en los diferentes rostros de Javier Marías. Asidua de sus artículos de prensa, cuando llegó a mis manos su novela “Corazón tan blanco” me permitió reconocer cosas que sabía, pero que no sabía que sabía. Entendí y compartí la afirmación de Roberto Bolaño (en quién estoy sumergida en estos días) cuando afirmó en marzo de 2003: "Marías es de lejos el mejor prosista español actual”.
Su apasionamiento por la palabra, el hacer albergue en el lenguaje inundó mi territorio bibliófilo.
Wyatt Mason nos habla del articulismo de Marías y afirma que si bien en España esto le puede aportar más lectores y éxito para publicar, no ocurre así con los cinco millones de libros publicados en el resto del mundo. Marías no sólo habita el mundo popular, también la esfera literaria, contando entre sus admiradores J.M.Coetzee, Salman Rushdie, y W.G. Sebald.
Aunque el seguimiento de Marías en los Estados Unidos es aún escaso, (sólo 7 de sus libros han sido traducidos y editados, entre ellos el último “Tu rostro mañana: Fiebre y lanza”) su nombre es considerado cada año en la elección para el premio Nobel de literatura. Su prosa demuestra una inusual mezcla de sofisticación y accesibilidad. El comienzo de su novela “Mañana en la batalla piensa en mi” (1994), por ejemplo, dibuja esa inmersión en la desdicha, humillación y muerte repentina, donde se repite la idea de que lo no contado no existe nunca del todo, de que el mundo depende de sus relatadores, en contradicción con “Tu rostro mañana” que comienza diciendo que uno no debería contar nunca nada.
Si tomamos el caso de “Corazón tan blanco” (1992) que arrasó en Alemania, aquí su prosa está llena de calificaciones y prorrogas veladas que recuerdan la paciente sintaxis de Henry James y hace preguntar al lector, ya desde el comienzo, que le llevó a una mujer joven recién casada a suicidarse en su luna de miel.
Tal provocativa trama (la revelación de un acto de violencia en el comienzo cuyo significado no será mostrado hasta el final del libro) es el sello de la novelesca de Marías. Incluso en novelas que no comienzan con una bomba narrativa, Marías se asegura de tañir alguna campanada.
Sus relatadores juegan un activo papel de recolectores de secretos guardados detrás de una apariencia: como espías, siguen el rastro en marcha, a través de ciudades en América, Inglaterra o España. Escuchan sin discreción detrás de las puertas, en los balcones, en los lavabos de minusválidos; como detectives extraen confesiones durante largas conversaciones, y entregan las nuevas que han recogido. Sus informes parecen comprensibles que sin embargo desencadenan una serie de acontecimientos inesperados...
¿Por qué los narradores no revelan nada sobre si mismos? Sus nombres, sus vidas, sus sentimientos, sus identidades: todo permanece oculto o disimulado, cuánto cuenta y cuánto oculta una determinada mirada. Normalmente narradas en primera persona las confesiones conducen al lector a un entendimiento de porqué lo narrado. Recuerda a Nick en “El gran Gatsby”, Augie en sus aventuras, o Holden y Humbert en las suyas (nombrar cualquiera de ellos es evocar al individuo cuya esencia se descubre en lo que relata).
En la novela de Marías el narrador no evoca sino (en algunos casos) a un fantasma, con un alias en el que permanece escondido por siempre. Este es un efecto que Marías ha cultivado deliberadamente: quiere que el lector se pregunte quién cuenta la historia, puede que incluso se llegue a deducir que solo hay un narrador que une todas las novelas. No tanto un individuo en sí como una voz distintiva que habla desde el oscuro borde del escenario, sin luces y sin mostrar nunca su cara.
Nacido en Madrid en 1951, Javier Marías asimiló una atmósfera en la cual los escritores no recibían incentivos a su libertad de expresión. Hijo de intelectuales antifranquistas que sufrieron el daño y la injusticia del régimen dictatorial. Su padre, Julián Marías Aguilera, discípulo del filósofo Ortega y Gasset, fue denunciado por un íntimo amigo y se le acusó de escribir para la publicación Pravda y asociarse con lideres comunistas. Para la época, incluso sin pruebas, esa acusación podía llevarle a la pena de muerte.
Después de la imposibilidad de volver a enseñar o escribir en los diarios españoles, la familia Marías se trasladó a Massachusetts, para trabajar en Wellesley. Allí vivieron con el poeta exiliado Jorge Guillén, donde siempre había lugar para las visitas de intelectuales como Vladimir Nabokov.
Esta niñez dejó en Marías una marca indeleble (sus padres se referían a él como el “niño americano”). Si bien ejerció como profesor en América y Oxford, la mayor parte de su vida ha transcurrido en España donde ha destacado como uno de los más correctos traductores literarios, carrera que ha corrido paralela a su labor de escritor. Entre sus traducciones destacan las realizadas a poetas como John Ashbery, Seamus Heaney, Frank O´Hara, novelistas como Anthony Burgess, Raymond Carver, Thomas Hardy, J.D. Salinger, Stevenson, John Updike...
El trabajo de traductor de Marías se refleja en sus obras, en los alias de sus relatadores: ya sea como profesores de traducción, protagonistas que trabajan de traductores, como “negros” realizando discursos para personalidades, o cantantes de ópera.
La costumbre de elegir es central en la escritura de Marías y explica esa cualidad única en su trabajo: la indecisión (espacio entre dos alternativas) como axioma de sus historias. Y esta indecisión se sustenta en los equívocos y reservas de la voz narrativa.
Como Montaigne (que explora las situaciones desde diversos ángulos), los narradores/relatadores de Marías no sienten vergüenza al confesar sus dudas, eligen pero cuestionan sus elecciones hasta la eternidad y en ocasiones se contradicen.
“En mis libros no sólo hay acción, personajes, argumento…también hay reflexión y en ese momento la acción permanece quieta, no dice el mismo Marías”.
“Tu rostro mañana: volumen 1, fiebre y lanza” es el más extravagante caso de “pensamiento literario” (“literary thinking”), que es algo así como pensar literariamente sobre otras cosas, una forma de reflexionar distinta al pensamiento filosófico, científico, religioso, psicológico, etc. Es Tu rostro mañana un menú completo e irresistible de su manera de escribir y el comienzo de un trabajo multivolumen, que aboca a una segunda parte, “Baile y sueño”. Marías escribe actualmente la tercera parte. “Fiebre y lanza” comienza de manera furtiva con reflexiones cautelosas arrastradas por la corriente de “Todas las almas”, novela que como ésta transcurre en Oxford.
“Baile y sueño” retoma la sinuosa e interrogativa voz de Jaime o Jacobo o Jacques Deza, interprete de personalidades: “...Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera...Ojalá nadie se nos acercara a decirnos “Por favor”, u “Oye, ¿tú sabes?, “Oye, ¿tú podrías decirme?, “Oye, es que quiero pedirte: una recomendación, un dato, un parecer, que me guardes este secreto o que cambies por mí y seas otro, o que por mí traiciones y mientas o calles y así me salves...”
Nos preguntamos que traición revelará el narrador. Su negativa/desgana a “decir algo a alguien” adquiere visos de amenaza cuando descubrimos que trabajó para el servicio secreto británico como intérprete, un trabajo que envolvía más que el simple hecho de traducir.
Para el lector llegar a un final repentino, provisional en “Fiebre y lanza” produce una sensación de desasosiego que, mientras se avecina y acecha una gran amenaza, se sugiera poco o nada de donde nos llevará el próximo volumen. Sabemos que el protagonista, Jacques o Jaime o Jacobo, ha dejado a su esposa (pero no porqué); que ha dejado su labor de espía (pero no cómo); que una mujer le sigue a través de las calles lluviosas de Londres (pero no sabemos quién). Quizás estas preguntas obtengan respuesta, quizás no. Puede que la verdad no se encuentre en ninguno de los volúmenes de “Tu rostro mañana”, tal vez esté en los libros anteriores y los posteriores a esta trilogía.
La palabra clave es el modo condicional “debería” de las primeras palabras de Deza “Uno no debería contar nada a nadie”.
Como Nabokov in su “Antiterra”, como Faulkner en su imaginario sur, Marías, de libro en libro pero con una sola voz ha dibujado un país propio lleno de tensión entre el deseo de conocer y el miedo al coste de ese conocimiento. Es un viejo miedo como proclama otro de sus relatadores: “escuchar es lo más peligroso de todo… escuchar significa saber, encontrar, conocer todo lo conocible, los oídos no tienen parpados que se pueden cerrar ante palabras pronunciadas, no se pueden esconder del significado de lo que van a oír, siempre acaba siendo tarde”.


















































































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