Playback, Raymond Chandler
Confieso que soy una fan incondicional de Raymond Chandler desde hace tiempo. De cuando en cuando necesito una dosis de sus historias negras e ingeniosas, para una vez consumada la porción quedarme más tranquila. Y ahí lucen, en mi biblioteca, una buena colección de sus maravillas, para hacer uso cada vez que comiencen los temblores por descenso de género negro: El sueño eterno (donde empezó mi rendición ante la dureza tan tierna de Philip Marlowe), La hermana pequeña, Adiós muñeca, La ventana alta, La dama del lago, y ahora Playback, donde Chandler nos ha colocado un Marlowe de vuelta de todo.
¿Qué es lo que hace que nos rindamos ante este maestro del género? Tal vez sea ese romanticismo, que a diferencia de la sequedad de Dashiell Hammet, con quién se le podía confundir en la época, daba a sus historias un tono cinematográfico y cargado de imágenes melancólicas tan propicias para adaptarlas a la pantalla grande por un Howard Hawks, Billy Wilder, George Marshall...; O tal vez ese humor con que reviste los ingeniosos diálogos:
-Me ha gustado, Vermilyea. Me ha acariciado el subconsciente. Ya llamaré cuando pueda-; O esas descripciones de una California mítica, sus acantilados, sus casas detrás de las curvas, bungaloes rodeados de césped; Ó esas comparaciones que dinamizan el ritmo del relato:
-Yo tenía un hambre como para robarle la cena la perro-; O esa manera tan personal de soltar billetes, en lugar de la licencia, para conseguir información.

Por más que se haya intentado copiar el estilo de Chandler, sólo él consigue esa esencia chandleriana, un mundo donde las convicciones morales de su detective no sucumben a chantajes monetarios, ni amorosos, y eso que no hay mujer fea que se cruce en su camino. No deja de beber como un cosaco, ni de fumar como una chimenea, (adaptar hoy día una película de Chandler sería harto difícil con estas premisas) y lo de dormir como un sencillo mortal es algo de lo que no sabe no contesta. Las mujeres le odian y adoran al mismo tiempo, y la pasma desconfía pero le respeta. Pero hay algo que nunca cambia, al final de cada aventura vuelve siempre a su cubil de Los Angeles: “...Subí el largo tramo de escalones de secuoya y abrí la puerta. Todo estaba igual. El cuarto estaba igual de mal ventilado, soso y desangelado que siempre. Abrí un par de ventanas y me preparé una copa en la cocina. Me senté en el sofá y miré la pared. Fuera donde fuera, hiciera lo que hiciera, siempre regresaba a esto. Una pared vacía en un cuarto anodino en una casa anodina”.
Procúrense las palomitas y la cerveza que empieza la función:
Empezó a sonar el teléfono. Lo cogí y dije con voz hueca:
-Marlowe al habla









































































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