Canciones de amor en Lolita´s club, Juan Marsé

Canciones de amor en Lolita's club, nació de un "modo singular", primero como un cuento, en el momento que el autor estaba escribiendo Rabos de lagartija, y emergió como idea final cuando Marsé fue a un local de alterne, en Castelldefels, donde conoció y empezó a hablar con una chica colombiana que trabajaba allí.
La última obra de Juan Marsé (Juan Faneca Roca, 1933) supone cierta rotura con su trayectoria habitual, y digo cierta, porque la confección de guiones es algo que lleva realizando desde el comienzo de su escritura. Pero en cuanto a su labor literaria sí que supone un cambio, siempre bueno para un escritor (nada más cansino para los lectores que un autor se repita continuamente, obra tras obra). Lolita´s... es una ventana que comunica directamente la realidad actual dentro de un marco marginal (como no podía ser menos en Marsé), el que genera la prostitución, el trafico de mujeres y las mafias que las mueven. Elude el autor por esta vez la posguerra española, aunque eso sí, no deja de escapársele alguna alusión a la transición a través del personaje más mayor del relato, José, el padre de los gemelos protagonistas.
Lolita´s...supone una agradable mezcla entre su labor de guionista y su personal talento literario que empezó a cultivar con La oscura historia de la prima Montse en los años 70, para seguir con La muchacha de las bragas de oro, las miserias del pijoaparte o la estupenda Rabos de lagartija, por nombrar solo parte de su variada y prolífica obra.
“Distingo entre narradores e intelectuales, y otros que sólo escriben cháchara y retórica, como Cela. Yo soy simplemente un narrador. Y sí, tengo una mirada atenta a la realidad, pero no pretendo demostrar teorías” dice Marsé. Y nada de cháchara contiene esta historia, de lectura fácil y cinematográfica, trama lineal y lenguaje directo, sin concesiones a salirse por las ramas. De hecho no somos conscientes de estar leyendo, porque lo que hacemos es presenciar una película que nos atrapa desde el principio con ese atractivo y doliente Raúl, policía anárquico, al que le gusta sobremanera el alcohol, las palabras mal sonantes, y los líos, pero poseedor de ese tipo de integridad propia de los que viven en la frontera. Junto con su hermano gemelo Valentín, conforman una variante del mito Caín y Abel (en el que Caín se acaba transmutando en Abel) adaptada a los tiempos de mafias gallegas y terrorismo vasco. Incursión, con maestría, en el género negro de un Marsé que se lo ha pasado en grande escribiendo la trama, resultando de ello nuestro propio gozo.
“Me gustan las novelas de lenguaje invisible, que no incordie. No soy un estilista. No estoy preparado para bajar al infierno porque ahora resulta que no hay infierno. Ni eso, ni nada, lo ha dicho el papa: no sé a dónde iremos. Habrá que ir al cielo con todos los gilipollas”. Y un poco en el infierno mete al hermano policía, sobre todo en el momento cumbre de la historia, ese que más que leemos bebemos casi sin respirar, aunque ya presentido desde la primera página. Dentro de ese lenguaje sencillo, desprovisto de descripciones meticulosas, los personajes están trazados a corte de navaja, pero pertrechados de una profundidad que es lo que hace que el lector conecte de inmediato con la composición de la historia. Reciclar una guión cinematográfico en novela es una idea merecedora de elogio y ya mismo estoy viendo esta historia en la pantalla grande (ya ha sido adquirida por una productora de cine), gran parte de la cual se desarrolla dentro de un putuclub, impactar con su acción, sencillez, con un desenlace final realista y sombrío como la vida misma.
Marsé me ha sorprendido gratamente. Me he enamorado de los dos hermanos gemelos, tan dispares como iguales y a los que, !Ay!, ya he colocado la cara de Javier Barden. No he podido evitarlo.









































































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