Entrevista a Ignacio Echevarría, crítico literario y editor proletario.
"...Referido a mis dudas sobre el sentido de tratar de hacer una crítica independiente en un medio que parece privilegiar, con descaro creciente, los intereses de una editorial en particular y, más en general, de las empresas asociadas a su mismo grupo...". Estas palabras, del ex crítico literario, Ignacio Echevarría, forman parte de sus declaraciones después de su polémica salida de Babelia, suplemento cultural del diario El País, ante el escozor que produjo con una de sus críticas, a los responsables.
Son 15 años de miradas, o mejor dicho de lecturas diferentes, a las obras que nos ofrece el mercado editorial. Años ejercidos en diferentes medios escritos, cuya finalidad última era evitar el abotargamiento y estupidez del lector, avisando sobre lo que podíamos meter en la biblioteca, y en la cabeza. A nuestras preguntas de qué leer, el ha respondido con empaque y dedicación. Gran parte de estos años de trabajo los ha plasmado en su reciente obra Trayecto (Debate 2005), que hace tandem con otro volumen publicado en Chile, Desvíos, un recorrido crítico por la narrativa latinoamericana. Es consciente de los enemigos que se ha creado entre los escritores, pero también de que muchos lectores le estamos tremendamente agradecidos.
Apropiada es la etiqueta que le han colgado en algún reportaje: el guardián entre el residuo cultural (tomando como juego cierto título literario), en referencia a la denuncia de Echevarría contra el reseñismo literario actual, al que acusa de cumplir una función de escaparate y de prestigio, engullido, cada vez más, por una creciente visión ornamental: buenas entrevistas, buenas fotos, buenos reportajes, mientras que con el contenido, que es el núcleo duro del reseñismo, los periódicos no saben qué hacer. En Trayecto Echevarría reúne, además de un sustancioso prólogo, la mejor cosecha de sus reseñas, artículos y calas, publicados durante sus 15 años de ejercicio de crítica literaria. El recorrido, es, asimismo, una revisión de la narrativa española de los últimos años.
Para los que le seguimos hace tiempo adivinamos en él todo un alarde de honestidad, y nos tememos, ante el mercado actual de reseñistas, que nos ha dejado huérfanos. Aunque siempre nos quedará su columna semanal en el diario El Mercurio de Chile, www.elmercurio.cl , desde donde Ignacio Echevarria sigue hablando de lo esencial de los libros, su contenido.

P1: “Un artificio tramposo que, con sus chispas metaliterarias, no consigue amenizar la deriva tan previsible de un libro construido con un sentimentalidad jurásica, que en sus mejores páginas trae, bien que a su modo, el recuerdo de las novelas de José Martín Vigil...”. Asidua lectora de Babelia, (El País), recuerdo su reseña “de destrucción masiva” como si fuera ayer, aunque la leí hace poco más de dos años. En la portada: deslumbrante publicidad de “El hijo del acordeonista” de Bernardo Atxaga. Al llegar a la crítica del libro, di un salto de la silla, y me pregunté si por fin había llegado la hora en que los medios no iban a interferir en los comentarios a sus “autores blindados”. Pero no fue así...
No, no fue así. Aunque, en honor a la verdad, hay que puntualizar algunas cosas. Mi muy severa reseña de la novela de Atxaga fue publicada. al fin y al cabo. Atxaga, por otro lado, acababa de estrenarse como autor de Alfagura (Prisa). La interferencia vino después de publicada la reseña, cuando el periódico se sintió obligado a paliar sus efectos y desagraviar a su autor. Corría el final del verano de 2004. El subdirector encargado de supervisar Babelia no estaba, y por ahí se le coló un gol. Cabía esperar que, deportivamente, el diario lo encajara, y disimulara. Pero prefirió ajustar las cuentas al momento. En cualquier caso, la reseña se publicó.
P2: He comenzado con su polémica despedida de El País, porque yo desde entonces hecho de menos sus reseñas de estilo más bien radical y estrepitoso, su lenguaje exquisito y su diferente arquitectura a lo largo de su trayectoria. Me sonaban a verdad, a nada impostado y mucho menos a crítico vendido, no me quite la ilusión del cuerpo y me diga que era pura ingenuidad...
Nada más lejos de mis intenciones que quitarle la ilusión, tanto menos si se aloja en su cuerpo.
P3: Más de 400 reseñas publicadas en 15 años ejerciendo la crítica literaria. Licenciado en Filología hispánica, después de pasar 5 años con Tusquets Editores, en 1990 decide liarse la manta a la cabeza como free-lance, ¿Tan seguro estaba de la “autoridad” de sus reseñas, y de su conocimiento de la narrativa española?
La poca y siempre muy precaria autoridad que un crítico pueda alcanzar no es un capital del que disponga al comienzo de su tarea, sino algo que va labrándose con el tiempo, resultado de su buen hacer y de su puntería. Por lo demás, fui yo mismo quien, al poco de asomarme al oficio del reseñismo, opté por dedicar una atención preferente a la narrativa en lengua española. La crítica que me interesa, que me importa, al menos dentro de los diarios, es la que manifiesta cierta voluntad de intervención, de enjuiciamiento. Y es hablando de los libros que se hacen en la propia lengua, en el propio país, como más directamente cabe intervenir e influir, por poco que sea, en el desarrollo de las tendencias existentes.
P4: Muchos escritores resentidos con los críticos preguntan con aire quistilloso cual es esa “autoridad”.
Nada palpable, pero sí apreciable de un modo tácito. Robert Musil lo dijo con palabras muy sencillas, que a mí me gustan mucho: "La capacidad de tener razón".
P5: En mi biblioteca no falta su volumen recopilación de 74 reseñas sobre la narrativa española, Trayecto, recorrido crítico por la reciente narrativa española, (Debate, 2005), que por cierto me leí de un tirón. Tengo ganas de más... ¿algún otro libro en perspectiva?
Oh, no, precisamente ese es el tipo de libro que no conviene leer nunca de un tirón. En Chile acaba de publicarse un librito que hace tándem con este de Trayecto. Se titula Desvíos, un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana. Eso es todo. Y ya es demasiado.
P6: ¿Cree usted que el lector va buscando la frase clave en la reseña, (el palo o el elogio) y obvia el resto?
En cierto modo, sí, inevitablemente. No es algo de lo que uno pueda quejarse. Forma parte del medio en el que uno actúa, al menos cuando escribe en los diarios. Uno debe contar con una lectura sesgada, parcial, distraída, urgente. La escritura debe tener en cuenta las condiciones de su lectura, pues de otro modo se vuelve ineficaz. Es obligación del reseñista contar con esta circunstancia, aun cuando sea para resistirse a ella.
P7: Empiezo a estar un poco harta de estos empachos publicitarios, léase Arturo Pérez-Reverte, el autor y el territorio blindado a su alrededor. Comparto su “endeble tramoya con que el lector ha sido gustosamente encandilado” (endeble ritmo narrativo que es muy evidente en la película “Alatriste“). ¿se acabará esculpiendo su cara en las monedas de Euro?
No vale la pena meterse con Arturo Pérez Reverte, yo apenas lo he hecho. Es un buen profesional. Como esos pintores, algunos excelentes, que hacen bodegones estupendos, o marinas, o cuadros de historia, a menudo en serie, con que los interioristas decoran los hoteles y las sucursales de banco. No hay nada de malo en ello, todo lo contrario. Como no sea que ese mismo pintor, o sus compradores, quieran ver sus cuadros colgados en el Prado.
P8: Mirando hacia atrás, y con las relecturas que da el paso del tiempo ¿no le han surgido dudas sobre si fue un poco injusto con alguna crítica?
Pocas, muy pocas. Aparte de que, pese a la reputación que uno arrastra, en mi caso ganan la reseñas positivas respecto de las negativas. Por lo demás, toda la ambición de un crítico debe estar puesta en descubrir lo nuevo, y apoyarlo. Otra cosa es que, entre sus funciones sociales, se cuente la de ahorrar al lector algunos caminos inútiles, indicarle atajos.
P9: ¿Se mide con distinto baremo crítico a los autores y libros extranjeros que a los nacionales?
Por supuesto. Y por razones obvias. Entre ellas, la de que, cuando son traducidos, los libros extranjeros ya suelen haber atravesado un segundo filtro de interés o de calidad.
P10: No puedo evitar preguntar por Cela, de quien Sánchez Ferlosio dice que era un pelmazo; Terence Moix: un aristócrata parvenu; Juan Marsé: un plúmbeo; Miguel Delibes: un bufón, Juan Benet: un chulapo descarado y castizo; y paro la lista porque no acabaría. ¿qué aroma suelta este escritor que todos le saltan como una jauría? ¿Sus migas con el poder y la corte, quizá?
No comparto ninguno de estos juicios, sobre ninguno de estos autores. Las descalificaciones generales, o globalizadoras, no me interesan, ni me importan.
P11: ¿Es difícil evitar la influencia y ruidos externos sobre una obra y autor cuando se encara hacia la reseña ?
Es que no tienen por qué evitarse. El reseñismo se nutre de esos ruidos. Esa es su miseria y su ventaja. El reseñista concienzudo debe contar con las interferencias del periodismo cultural y de la publicidad directa o indirecta a la hora de emitir sus propios juicios, que, no lo olvidemos, se hacen desde la actualidad y para la actualidad, sin ningún viso de trascendencia.
P12: “Joven petulante”, dijo Gala (escritor planetario) de usted, además de tachar al crítico común de gaznápiro, pillo de siete suelas, engañabobos, muchachito atracado de lecturas mal digeridas, un rebotado de otro género...¿cuál es su atracón o género?
No sé si petulante, pero desde luego joven no soy ya. Lo cual sirve para hacerse cargo de lo poco fundados y efímeros que son los juicios de algunos escritores. Y de algunos críticos, claro.
P13: ¿Tanto se han acomodado los críticos, que resulta difícil encontrar una crítica decente en los medios desde que usted nos dejó huérfanos? Estoy segura que sabe de alguno... Por ejemplo admiro a Juan Marsé, y su rebeldía en el penúltimo premio Planeta, su descontento y mutis por el foro.
Por supuesto que queda más de un crítico cabal y responsable en la prensa española, no todo está perdido. Pero lo cierto es que abundan los mediocres. El problema, en todo caso, está en la resistencia creciente que el medio mismo -el periodismo- ofrece a la crítica que se ejerce con independencia y rotundidad. Es un problema cultural y social, muy amplio. La cultura de masas prospera a costa de la rebaja de la crítica misma, reducida a un género promocional, publicitario.
P14: Ya que estamos en Internet, ¿ayudará la Red a literaturizarse más, y sobre todo a decir lo que no dice la prensa escrita?
Pienso que no. Al menos de momento. Repito lo que ya dije en otra entrevista: desconfío de la supuesta libertad con que operan los blogs. No es lo mismo una escritura libre que desinhibida. Y la de los blogs es una escritura desinhibida. Por otro lado, creo en la función social de la crítica, en su contribución a la construcción de la comunidad, en su poder de incidencia y de representación. Pero las comunidades de los blogs no son evaluables ni representativas. A menudo son jaulas de grillos, por mal que me esté decirlo en esta circunstancia. De momento, la crítica que en ellos se hace es bastante inofensiva. En los mejores casos, puramente testimonial. Y no me parece que la cosa tenga visos de cambiar a corto o medio plazo.
P15: ¿Lee algún blog o diario digital?
Me temo que no. No, al menos no con la conveniente asiduidad.
P16: Pareciera que al lector se lo dan todo marketeado, masticado para obligarle casi a que le guste. Estamos a merced de la “angustia por vender a cualquier precio” de las editoriales. ¿Falta, hoy, debate sobre literatura?
Sí, falta absolutamente, por las mismas razones que no se concede espacio a la crítica. Vivimos en una cultura falsamente ecuménica, y más sobre todo en España, donde, desde la transición, la obsesión de la izquierda cultural ha sido mostrar su buen talante y consagrar una concepción de la cultura como fiesta. Todo es fiesta: la fiesta de los libros, del cine, de lo que sea. Y todos contentos.
P17: Rafael Reig en su “Manual de literatura para caníbales” parece apostar por una literatura llamada sociable y lanza carnaza como esta: “hay que evitar leer a Juan Benet, a no ser que seas católico y te tengas que mortificar (es un tostón). También le parece un tormento intentar leer a Javier Marías y Sergio Pitol, que junto con Benet son de un aburrimiento extremo. Y continua con el descarne: “Hay que leer con muchísima moderación a Juan Goytisolo, la sobredosis puede... Bueno, a él mismo la sobredosis de sí mismo le ha llevado a acabar fatal.”. ¿Se nos pueden atrofiar las neuronas con autores de los llamados sociables...?
Rafael Reig es un tipo muy respetable. La sección que está escribiendo para el Cultural de El Mundo es un ejercicio insólito, por estos pagos, de atrevimiento y de buen juicio. Otra cosa es cuando, amparado en la licencia que le da para ello cierto hibridismo genérico, se dedica al gamberrismo puro y simple. Yo mismo empleé ya la categoría de literatura sociable oponiéndola a la literatura social de décadas atrás. Fuera de eso, ya he dicho que desconfío de las descalificaciones rotundas y de las generalizaciones.
P18: ¿Puede todavía alguien creer que los premios no están amañados, exceptuando premios concedidos a lo ya publicado, como el Premio de la Crítica y el Premio Nacional (sin dotación económica?
Incluso esos que usted menciona, si no están amañados, sí están, desde luego, pervertidos por mecánicas obsoletas o simplemente idiotas. No vale la pena entrar en este asunto, ya no. Empieza a dar lo mismo. Los premios literarios sólo son el termómetro de la indigencia y falta de criterio que aqueja a nuestra cultura de forma progresiva y me temo que irremediable.
P19: Para acabar, Harold Bloom, autor celebrado, tremendo erudito, polémico y coloso entre los críticos, ¿puede ser una referencia donde dirigirnos?
Admiro en Bloom el provocador gesto de arrogancia con el que reivindica la autoridad del crítico. Al margen de eso, hay muchos reparos que oponer a su anglocentrismo, a su antimodernismo, a sus derivas religiosas. Pero su ejemplo y su actitud no son en absoluto despreciables.
P20: ¿Sigue estando su vida laboral y profesional relacionada con la literatura?
Claro. Yo me gano la vida como realizador de libros. Editor, sí, pero en un sentido literal, más proletario, por así decirlo.
Son 15 años de miradas, o mejor dicho de lecturas diferentes, a las obras que nos ofrece el mercado editorial. Años ejercidos en diferentes medios escritos, cuya finalidad última era evitar el abotargamiento y estupidez del lector, avisando sobre lo que podíamos meter en la biblioteca, y en la cabeza. A nuestras preguntas de qué leer, el ha respondido con empaque y dedicación. Gran parte de estos años de trabajo los ha plasmado en su reciente obra Trayecto (Debate 2005), que hace tandem con otro volumen publicado en Chile, Desvíos, un recorrido crítico por la narrativa latinoamericana. Es consciente de los enemigos que se ha creado entre los escritores, pero también de que muchos lectores le estamos tremendamente agradecidos.
Apropiada es la etiqueta que le han colgado en algún reportaje: el guardián entre el residuo cultural (tomando como juego cierto título literario), en referencia a la denuncia de Echevarría contra el reseñismo literario actual, al que acusa de cumplir una función de escaparate y de prestigio, engullido, cada vez más, por una creciente visión ornamental: buenas entrevistas, buenas fotos, buenos reportajes, mientras que con el contenido, que es el núcleo duro del reseñismo, los periódicos no saben qué hacer. En Trayecto Echevarría reúne, además de un sustancioso prólogo, la mejor cosecha de sus reseñas, artículos y calas, publicados durante sus 15 años de ejercicio de crítica literaria. El recorrido, es, asimismo, una revisión de la narrativa española de los últimos años.
Para los que le seguimos hace tiempo adivinamos en él todo un alarde de honestidad, y nos tememos, ante el mercado actual de reseñistas, que nos ha dejado huérfanos. Aunque siempre nos quedará su columna semanal en el diario El Mercurio de Chile, www.elmercurio.cl , desde donde Ignacio Echevarria sigue hablando de lo esencial de los libros, su contenido.

P1: “Un artificio tramposo que, con sus chispas metaliterarias, no consigue amenizar la deriva tan previsible de un libro construido con un sentimentalidad jurásica, que en sus mejores páginas trae, bien que a su modo, el recuerdo de las novelas de José Martín Vigil...”. Asidua lectora de Babelia, (El País), recuerdo su reseña “de destrucción masiva” como si fuera ayer, aunque la leí hace poco más de dos años. En la portada: deslumbrante publicidad de “El hijo del acordeonista” de Bernardo Atxaga. Al llegar a la crítica del libro, di un salto de la silla, y me pregunté si por fin había llegado la hora en que los medios no iban a interferir en los comentarios a sus “autores blindados”. Pero no fue así...
No, no fue así. Aunque, en honor a la verdad, hay que puntualizar algunas cosas. Mi muy severa reseña de la novela de Atxaga fue publicada. al fin y al cabo. Atxaga, por otro lado, acababa de estrenarse como autor de Alfagura (Prisa). La interferencia vino después de publicada la reseña, cuando el periódico se sintió obligado a paliar sus efectos y desagraviar a su autor. Corría el final del verano de 2004. El subdirector encargado de supervisar Babelia no estaba, y por ahí se le coló un gol. Cabía esperar que, deportivamente, el diario lo encajara, y disimulara. Pero prefirió ajustar las cuentas al momento. En cualquier caso, la reseña se publicó.
P2: He comenzado con su polémica despedida de El País, porque yo desde entonces hecho de menos sus reseñas de estilo más bien radical y estrepitoso, su lenguaje exquisito y su diferente arquitectura a lo largo de su trayectoria. Me sonaban a verdad, a nada impostado y mucho menos a crítico vendido, no me quite la ilusión del cuerpo y me diga que era pura ingenuidad...
Nada más lejos de mis intenciones que quitarle la ilusión, tanto menos si se aloja en su cuerpo.
P3: Más de 400 reseñas publicadas en 15 años ejerciendo la crítica literaria. Licenciado en Filología hispánica, después de pasar 5 años con Tusquets Editores, en 1990 decide liarse la manta a la cabeza como free-lance, ¿Tan seguro estaba de la “autoridad” de sus reseñas, y de su conocimiento de la narrativa española?
La poca y siempre muy precaria autoridad que un crítico pueda alcanzar no es un capital del que disponga al comienzo de su tarea, sino algo que va labrándose con el tiempo, resultado de su buen hacer y de su puntería. Por lo demás, fui yo mismo quien, al poco de asomarme al oficio del reseñismo, opté por dedicar una atención preferente a la narrativa en lengua española. La crítica que me interesa, que me importa, al menos dentro de los diarios, es la que manifiesta cierta voluntad de intervención, de enjuiciamiento. Y es hablando de los libros que se hacen en la propia lengua, en el propio país, como más directamente cabe intervenir e influir, por poco que sea, en el desarrollo de las tendencias existentes.
P4: Muchos escritores resentidos con los críticos preguntan con aire quistilloso cual es esa “autoridad”.
Nada palpable, pero sí apreciable de un modo tácito. Robert Musil lo dijo con palabras muy sencillas, que a mí me gustan mucho: "La capacidad de tener razón".
P5: En mi biblioteca no falta su volumen recopilación de 74 reseñas sobre la narrativa española, Trayecto, recorrido crítico por la reciente narrativa española, (Debate, 2005), que por cierto me leí de un tirón. Tengo ganas de más... ¿algún otro libro en perspectiva?
Oh, no, precisamente ese es el tipo de libro que no conviene leer nunca de un tirón. En Chile acaba de publicarse un librito que hace tándem con este de Trayecto. Se titula Desvíos, un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana. Eso es todo. Y ya es demasiado.P6: ¿Cree usted que el lector va buscando la frase clave en la reseña, (el palo o el elogio) y obvia el resto?
En cierto modo, sí, inevitablemente. No es algo de lo que uno pueda quejarse. Forma parte del medio en el que uno actúa, al menos cuando escribe en los diarios. Uno debe contar con una lectura sesgada, parcial, distraída, urgente. La escritura debe tener en cuenta las condiciones de su lectura, pues de otro modo se vuelve ineficaz. Es obligación del reseñista contar con esta circunstancia, aun cuando sea para resistirse a ella.
P7: Empiezo a estar un poco harta de estos empachos publicitarios, léase Arturo Pérez-Reverte, el autor y el territorio blindado a su alrededor. Comparto su “endeble tramoya con que el lector ha sido gustosamente encandilado” (endeble ritmo narrativo que es muy evidente en la película “Alatriste“). ¿se acabará esculpiendo su cara en las monedas de Euro?
No vale la pena meterse con Arturo Pérez Reverte, yo apenas lo he hecho. Es un buen profesional. Como esos pintores, algunos excelentes, que hacen bodegones estupendos, o marinas, o cuadros de historia, a menudo en serie, con que los interioristas decoran los hoteles y las sucursales de banco. No hay nada de malo en ello, todo lo contrario. Como no sea que ese mismo pintor, o sus compradores, quieran ver sus cuadros colgados en el Prado.
P8: Mirando hacia atrás, y con las relecturas que da el paso del tiempo ¿no le han surgido dudas sobre si fue un poco injusto con alguna crítica?
Pocas, muy pocas. Aparte de que, pese a la reputación que uno arrastra, en mi caso ganan la reseñas positivas respecto de las negativas. Por lo demás, toda la ambición de un crítico debe estar puesta en descubrir lo nuevo, y apoyarlo. Otra cosa es que, entre sus funciones sociales, se cuente la de ahorrar al lector algunos caminos inútiles, indicarle atajos.
P9: ¿Se mide con distinto baremo crítico a los autores y libros extranjeros que a los nacionales?
Por supuesto. Y por razones obvias. Entre ellas, la de que, cuando son traducidos, los libros extranjeros ya suelen haber atravesado un segundo filtro de interés o de calidad.
P10: No puedo evitar preguntar por Cela, de quien Sánchez Ferlosio dice que era un pelmazo; Terence Moix: un aristócrata parvenu; Juan Marsé: un plúmbeo; Miguel Delibes: un bufón, Juan Benet: un chulapo descarado y castizo; y paro la lista porque no acabaría. ¿qué aroma suelta este escritor que todos le saltan como una jauría? ¿Sus migas con el poder y la corte, quizá?
No comparto ninguno de estos juicios, sobre ninguno de estos autores. Las descalificaciones generales, o globalizadoras, no me interesan, ni me importan.
P11: ¿Es difícil evitar la influencia y ruidos externos sobre una obra y autor cuando se encara hacia la reseña ?
Es que no tienen por qué evitarse. El reseñismo se nutre de esos ruidos. Esa es su miseria y su ventaja. El reseñista concienzudo debe contar con las interferencias del periodismo cultural y de la publicidad directa o indirecta a la hora de emitir sus propios juicios, que, no lo olvidemos, se hacen desde la actualidad y para la actualidad, sin ningún viso de trascendencia.
P12: “Joven petulante”, dijo Gala (escritor planetario) de usted, además de tachar al crítico común de gaznápiro, pillo de siete suelas, engañabobos, muchachito atracado de lecturas mal digeridas, un rebotado de otro género...¿cuál es su atracón o género?
No sé si petulante, pero desde luego joven no soy ya. Lo cual sirve para hacerse cargo de lo poco fundados y efímeros que son los juicios de algunos escritores. Y de algunos críticos, claro.
P13: ¿Tanto se han acomodado los críticos, que resulta difícil encontrar una crítica decente en los medios desde que usted nos dejó huérfanos? Estoy segura que sabe de alguno... Por ejemplo admiro a Juan Marsé, y su rebeldía en el penúltimo premio Planeta, su descontento y mutis por el foro.
Por supuesto que queda más de un crítico cabal y responsable en la prensa española, no todo está perdido. Pero lo cierto es que abundan los mediocres. El problema, en todo caso, está en la resistencia creciente que el medio mismo -el periodismo- ofrece a la crítica que se ejerce con independencia y rotundidad. Es un problema cultural y social, muy amplio. La cultura de masas prospera a costa de la rebaja de la crítica misma, reducida a un género promocional, publicitario.
P14: Ya que estamos en Internet, ¿ayudará la Red a literaturizarse más, y sobre todo a decir lo que no dice la prensa escrita?
Pienso que no. Al menos de momento. Repito lo que ya dije en otra entrevista: desconfío de la supuesta libertad con que operan los blogs. No es lo mismo una escritura libre que desinhibida. Y la de los blogs es una escritura desinhibida. Por otro lado, creo en la función social de la crítica, en su contribución a la construcción de la comunidad, en su poder de incidencia y de representación. Pero las comunidades de los blogs no son evaluables ni representativas. A menudo son jaulas de grillos, por mal que me esté decirlo en esta circunstancia. De momento, la crítica que en ellos se hace es bastante inofensiva. En los mejores casos, puramente testimonial. Y no me parece que la cosa tenga visos de cambiar a corto o medio plazo.
P15: ¿Lee algún blog o diario digital?
Me temo que no. No, al menos no con la conveniente asiduidad.
P16: Pareciera que al lector se lo dan todo marketeado, masticado para obligarle casi a que le guste. Estamos a merced de la “angustia por vender a cualquier precio” de las editoriales. ¿Falta, hoy, debate sobre literatura?
Sí, falta absolutamente, por las mismas razones que no se concede espacio a la crítica. Vivimos en una cultura falsamente ecuménica, y más sobre todo en España, donde, desde la transición, la obsesión de la izquierda cultural ha sido mostrar su buen talante y consagrar una concepción de la cultura como fiesta. Todo es fiesta: la fiesta de los libros, del cine, de lo que sea. Y todos contentos.
P17: Rafael Reig en su “Manual de literatura para caníbales” parece apostar por una literatura llamada sociable y lanza carnaza como esta: “hay que evitar leer a Juan Benet, a no ser que seas católico y te tengas que mortificar (es un tostón). También le parece un tormento intentar leer a Javier Marías y Sergio Pitol, que junto con Benet son de un aburrimiento extremo. Y continua con el descarne: “Hay que leer con muchísima moderación a Juan Goytisolo, la sobredosis puede... Bueno, a él mismo la sobredosis de sí mismo le ha llevado a acabar fatal.”. ¿Se nos pueden atrofiar las neuronas con autores de los llamados sociables...?
Rafael Reig es un tipo muy respetable. La sección que está escribiendo para el Cultural de El Mundo es un ejercicio insólito, por estos pagos, de atrevimiento y de buen juicio. Otra cosa es cuando, amparado en la licencia que le da para ello cierto hibridismo genérico, se dedica al gamberrismo puro y simple. Yo mismo empleé ya la categoría de literatura sociable oponiéndola a la literatura social de décadas atrás. Fuera de eso, ya he dicho que desconfío de las descalificaciones rotundas y de las generalizaciones.
P18: ¿Puede todavía alguien creer que los premios no están amañados, exceptuando premios concedidos a lo ya publicado, como el Premio de la Crítica y el Premio Nacional (sin dotación económica?
Incluso esos que usted menciona, si no están amañados, sí están, desde luego, pervertidos por mecánicas obsoletas o simplemente idiotas. No vale la pena entrar en este asunto, ya no. Empieza a dar lo mismo. Los premios literarios sólo son el termómetro de la indigencia y falta de criterio que aqueja a nuestra cultura de forma progresiva y me temo que irremediable.
P19: Para acabar, Harold Bloom, autor celebrado, tremendo erudito, polémico y coloso entre los críticos, ¿puede ser una referencia donde dirigirnos?
Admiro en Bloom el provocador gesto de arrogancia con el que reivindica la autoridad del crítico. Al margen de eso, hay muchos reparos que oponer a su anglocentrismo, a su antimodernismo, a sus derivas religiosas. Pero su ejemplo y su actitud no son en absoluto despreciables.
P20: ¿Sigue estando su vida laboral y profesional relacionada con la literatura?
Claro. Yo me gano la vida como realizador de libros. Editor, sí, pero en un sentido literal, más proletario, por así decirlo.
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