El corazón de las tinieblas, Joseph Conrad

Resulta curioso que sea en un reportaje sobre el fotógrafo Kevin Carter, autor de aquella estremecedora fotografía del buitre acechando a una niña moribunda en Sudán, testigo de muchos infiernos en su propia tierra, Sudáfrica, y que acabó suicidándose presionado por la culpa del horror (quizá su propio horror interior al irse sin ayudar a la niña) el que hace que por asociación defina perfectamente a la sazón el sentimiento que expresa Joseph Conrad en su corta pero intensa obra El corazón de las tinieblas. Esas tinieblas de la oscuridad que vuelven el alma loca, al hacer frente a una cosecha de remordimientos inextinguibles. De hecho Joseph Conrad intentó suicidarse en Marsella.
El corazón de las tinieblas es un libro escrito como resultado de la experiencias personales vividas por el escritor en El Congo a finales del siglo XIX y es, asimismo, una crítica cínica y amarga, en forma de monólogo, sobre los excesos de la colonización emprendida por el rey de Bélgica Leopoldo II y el establecimiento de numerosas estaciones comerciales para explotar ese vasto territorio.
Conrad recrea un relato cuya niebla oscura y claustrofóbica se alimenta de la selva africana y sus dos principales protagonistas. Admiración y odio, dos paradojas de la misma moneda que se dan al mismo tiempo en el alma desencantada de Marlow, (alter ego del autor). Soledad interior y exterior rodeado por los odiosos peregrinos, directores, contables e ingenuos arlequines llegados a los confines de la soledad en territorio virgen y salvaje donde se podía hacer cualquier cosa, cualquier cosa (“...Me sentí como si en vez de ir al centro de un continente estuviera a punto de partir para el centro de la tierra”). Dos seres en cierto formo parecidos, de ahí la obsesión de Marlow por buscar ese fantasma, Kurtz, ese ser único en su descontrol, río a través, desoyendo sus propios miedos.
Resulta imposible desgajar a Kurtz del rostro impenetrable de Marlon Brando. Para los que vimos primero la película Apocalipse Now, basada en el relato aunque con entidad propia, sabemos que no va a haber otro Kurtz más auténtico en posteriores adaptaciones. Qué cada vez que miremos al personaje elegido para materializar ese alma negra, poseído de una fuerza que no es sino reflejo de la debilidad de los otros, solo veremos a un Brando que quizá ya tuviera algo de la sustancia de Kurtz.
Pero adentrarse en este (!magnífico!) relato es también adentrarse en la degustación de las palabras, en un banquete descriptivo goloso y concentrado: “...Remontar aquel río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles era los reyes. Un arroyo seco, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era cálido, espeso, pesado, perezoso. No había júbilo alguno en la brillantez de la luz del sol. Los largos tramos del canal fluían desiertos hacia las distancias en penumbra...”
Y al final el destino, su destino, el encuentro y la lealtad, la pesadilla soñada. “La vida es una bufonada: esa disposición misteriosa de implacable lógica para un objetivo vano”.
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