Crímenes imaginarios, Patricia Highsmith

"Me di cuenta de que el hombre o la mujer de la casa de al lado podía tener una extraña psicosis sin que yo pudiera apreciarlo", escribió la minuciosa escritora Patricia Highsmith, al poco de comenzar su carrera como escritora, en uno de sus diarios. Sorprendió al mundo literario, y vía cinéfila, al mundo a secas con “Extraños en un tren”, un clásico del suspense y el comienzo de un largo éxito en el análisis psicológico de sus personajes, inaugurando lo que se conocería como atmósfera claustrofóbica a lo Highsmith.
Más tarde volvió a regalar al mundo otro talento nacido para protagonizar una serie de novelas de perturbador y ambiguo carácter, "Mr. Ripley". Exploradora con la pluma como machete, esta autora estadounidense diseña palabra a palabra, capítulo a capítulo, con la lentitud de un artesano de antigua usanza, a unos seres llenos de dudas, oscuridades, cinismos, contradicciones y paradojas, envueltos en sus propios juegos mentales.
Y así lo hace en esta Crímenes imaginarios.
Todos aquellos que ya estén familiarizados con la escritura de Patricia Highsmith van a volver a un lugar común en esta historia. Con cadencia y descripciones minuciosas, que en ningún momento resultan tediosas, la autora va acercando sus personajes a una cada vez más fina línea entre el bien y el mal, explorando el sentimiento de culpa de una manera tan ambigua, que ya en sus mejores años le alejó de la bien pensante América para establecerse en tierra de quién mejor la comprendía, Europa.

Sidney y Alicia Bartleby son un matrimonio aparentemente feliz. Pero solo aparentemente. Detrás de la supuesta calma de su vida un tanto bohemia (él escritor, ella pintora), se esconde el paulatino deterioro de una corta vida conyugal. Para la mente literaria de Sidney (a la espera del despegue definitivo de su carrera) imaginar que Alicia, en una de sus habituales escapadas solitarias para airearse de la relación conyugal, desapareciera para siempre, empieza a convertirse en un juego deseado y en un reto mental que poco a poco cobrará vida real, con todas sus complicaciones.
Hasta aquí, todo va discurriendo en un normal proceso de novela de suspense tranquilo, pero es a partir del momento en que lo imaginado se torna real, cuando los toques Highsmithianos comienzan a aflorar, y como lectores suyos quedamos atrapados en la noria analítica de esta solitaria escritora, que quizá siempre buscó plasmar en sus obras esa curiosidad morbosa por el vecino de al lado.
Rebelde en cuanto a las normas, ya sea de mercado o del sistema, Patricia Highsmith pasa por encima de cualquier género como demuestra en su extensa bibliografía.
Resulta de justicia alabar la estupenda traducción de Jordi Beltrán en Crímenes imaginarios, donde como telón de fondo asoma la Inglaterra de los años 60, y la rebeldía y subjetividad de Highsmith, todo hay que decirlo, de aplastante actualidad:
Sus convencionalismos también eran actitudes, tan falsas como el paganismo y el culto a los ídolos (o tan verdaderas); sin embargo, como las suyas tendían a mantener la ley y el orden y la unidad de la familia, eran las actitudes aprobadas por la sociedad en que vivían. Las religiones también eran actitudes, por supuesto. Las cosas resultaban mucho más claras si a todo aquello se le daba el nombre de actitudes en lugar de convicciones, verdades, o fes. El mundo entero se movía a fuerza de actitudes, que muy bien podrían llamarse “ilusiones”. (Pag.152)
Con un lenguaje carente de florituras y con una narrativa sencilla Highsmith profundiza en la spique de sus protagonistas y dibuja, con cuatro palabras, retratos tan perfectos de los secundarios que los situamos, no solo en su cáscara exterior, también con su personalidad:
El inspector Brockway sonrió mostrándole unos dientes tan recios como su rostro e igualmente manchados de nicotina. Tenía el tipo de rostro que algunos escritores llaman “nudoso”. (Pag.147)









































































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