Al mismo tiempo, Susan Sontag

Intuyo con los ojos bien abiertos, curiosos y hambrientos, insaciables (como siempre fueron), vigilantes sobre su obra póstuma, a la gran activista e incisiva Susan Sontag desde su final reposo en el cementerio parisino de Montparnasse. Tenemos la suerte aún, en el discurrir del año 2007, tres años después de su muerte, de poder introducirnos y disfrutar de sus análisis. La editorial Mondadori ha sacado a la luz una recopilación, bien escogida, de sus últimos artículos, opiniones y borradores que la autora llevaba preparando para próximas obras, tanto de ensayo como de narrativa.
“Un escritor es alguien que presta atención al mundo”, dijo Susan Sontag en su discurso de aceptación del Premio de la Paz que le otorgó la Asociación de Libreros Alemanes en 2003. Sontag prestó mucha atención a todos los mundos que hay en éste. No deja de sorprender su erudición y ávida alimentación cultural, que resulta bien patente en este volumen. La verdad es que yo no salgo de mi asombro con los conocimientos de esta mujer. Volumen, al que por otra parte, achaco a su editorial la presencia de más errores de los que son habituales en una traducción y edición que debería haber pasado por una correcta corrección.
Posteriormente a un prólogo firmado por su hijo, David Rieff, en el que da un último adiós a su madre como admirador lector, más que como hijo, Al mismo tiempo, se nos presenta dividido en tres partes. Cada una de esas secciones consta a su vez de cinco o seis largos y sustanciosos comentarios, o mejor sería denominarlos mini-ensayos.
No nos coge desprevenidos que el comienzo arranque con un argumento sobre la belleza, tema el de los valores estéticos que ha abordado infinidad de veces, y del que, como ejemplo, conocemos su afición e interés por la fotografía, de la que da mayor cuenta en la segunda parte.
Con las afirmaciones del Vaticano respecto a la belleza de la religión, en tanto que obra venerable, hace una llamativa entrada en la primera parte. Elevar la belleza al entorno de Arte, y así aquella toma cuerpo de idea eterna. La belleza es profunda, no superficial; oculta a veces, más que evidente; consoladora, no perturbadora; indestructible como en el arte, más que efímera, como en la naturaleza. Sus argumentos están llenos de incursiones de nombres de las letras: Para Valéry, la naturaleza de la belleza es que no puede definirse; la belleza es precisamente “lo inefable”.
Continúa su andadura ahondando con gran admiración por la literatura rusa, que escenifica, con telón de fondo en el año 1926, en la relación epistolar, cercana al abismo de lo sublime, con precipitaciones en la histeria, la angustia y el pavor, de tres grandes escritores y poetas: Pasternak, Tsvietáieva y Rilke. Bien sirva esto como antesala a una mayor profundización en las letras rusas, en su despiece de un escritor inaudito y desconocido para nosotros, Leonid Tsipkin, médico judío ruso del siglo XX y escritor a escondidas, cuya obra, Verano en Baden-Baden, descubierta por Sontag mientras revolvía entre libros viejos en Londres, supone todo una hazaña narrativa y metanarrativa. En su admiración por Dostoievski, escritor poco amigo de los judíos, Tsipkin compone una obra (escrita en comunión solitaria, encerrada en cajón) que se desliza por los últimos años del mítico escritor ruso junto a su esposa Anna, por la realidad rusa, y por el espectro de la literatura rusa. Purificado, agitado, fortalecido, agradecido, confiesa Sontag que se sale de las páginas de ese gran viaje, pero corto libro, emprendido por Tsipkin.
Continua en terreno literario, en los tres artículos que cierran esta primera parte. Es de agradecer que esta gran investigadora de literatos descubra para nosotros autores a los que de otra forma sería imposible llegar. Como Anna Banti, y su Artemisia. O la prolífica obra de un incansable revolucionario de la libertad, el ruso nacido en Europa, Victor Serge. O el islandés Halldór Laxness, que con su obra Bajo el glaciar, compone una novela en la que se apiñan todos los géneros literarios: desde la ciencia-ficción hasta la excitación sexual. De Anna Banti, dice, sobresale ese esfuerzo de la obsesión de estar habitado por su personaje principal, en este caso la pintora de italiana del siglo XVII, Artemisia Gentileschi. Una mujer (Banti) de grandes méritos (que vivió a la sombra de su intelectual marido, Roberto Longhi) obsesionada con otra mujer (Gentileschi) de grandes méritos, con la salvedad de vivir en diferentes tiempos. Por su parte resulta cuanto menos escalofriante comprobar el don de resistencia de algunos espíritus libres: Victor Serge fue un escritor y hombre de un eterno revolucionario, aislado y boicoteado tanto por la izquierda como por la derecha en la Europa Occidental de la posguerra. Inextinguible ha titulado la autora la larga reseña sobre su obra El caso Tulaev, completo marco de la tragedia de la revolución rusa:
Reconozco el mérito de haber visto claro en algunas circunstancias importantes. La cosa en sí no tiene nada de difícil y sin embargo es poco común. No creo que sea una cuestión de inteligencia elevada o deprimida, sino más bien de buen sentido, de buena voluntad y de cierto valor para superar la influencia del medio y la inclinación que resulta de nuestro interés inmediato y del temor que inspiran los problemas. “Lo terrible cuando se busca la verdad -decía un ensayista francés- es que se la encuentra...”. Se la encuentra y ya no se es libre ni de seguir la pendiente del medio que nos rodea ni de aceptar los lugares comunes y corrientes.
Afirmó en otra de sus obras, Memorias de mundos desaparecidos, Serge. Frente a una novela visionaria, cómica, alegórica, filosófica, onírica, fantástica, sabia, y excitante nos coloca Sontag con Bajo el glaciar. Una sátira extravagante de la religión, rebosante de entretenida superchería de la Nueva Era. Con el escritor (con conciencia) islandés Halldór Laxness (Nobel de Literatura en 1955) cierra la primera parte de este menú completo.
Y toda la segunda sección del ensayo está marcada de un cariz político, del que no era nada ajena. Dedica cuatro artículos a los acontecimientos del 11 de Septiembre en Nueva York, y sus derivados, la guerra al terror, y la reacción estética a la guerra, el nuevo leguaje de las fotografías del horror (torturas de Abu Ghraib). Se incluye una entrevista que respondió unas semanas después de los ataques a las Torres Gemelas, en la que sus palabras visionarias prevé muchas de las situaciones que viviemos ahora. La política, la política de una democracia -que conlleva desacuerdos, que fomenta la sinceridad- ha sido reemplazada por la psicoterapia, ejemplo de cómo sitúa las reacciones y retórica de los gobernantes de Estados Unidos, país que se ha convertido, dice, en una colmena de violencia, en el que las fantasías y la práctica de la violencia se tienen por un buen entretenimiento, por diversión. País en el que la significación de unas imágenes como las de las torturas en Abu Ghraib no conlleva una condena unánime, y cuyos perpetradores no supusieron que hubiera nada condenable en lo que muestran las imágenes. Escalofriante.
Cierra Sontang este enjundioso volumen con un extenso homenaje y análisis de la literatura y su significado, su evolución, su función liberadora o su utilidad y compromiso social e intelectual. Con cinco apartados, todos relacionados con el mundo de las letras, de los cuales tres de ellos son discursos pronunciados tras la aceptación de un premio. En el primer escrito, La conciencia de las palabras, (Discurso de aceptación del premio Jerusalén), la autora se define, en cuanto creadora de literatura, como una narradora y una caviladora. Si la literatura me atrae como proyecto, primero como lectora y luego como escritora, continúa, es en cuanto extensión de mis simpatías hacia otros, otros ámbitos, otros sueños, otras palabras, otras zonas de interés.
Señala esta gran estudiosa en varias ocasiones dentro de este ensayo, que no hay tarea más importante para un escritor que la de decir la verdad, al margen de opiniones, y negarse a ser cómplice de mentiras e información errónea. Opinar sin rigor se convierte en un mero tráfico de opiniones, (pagadas a buen precio) tan en boga últimamente.
Susan Sontang no podía dejar de mencionar en esta obra póstuma, al de tan suma importancia como es el ejercicio de la traducción, tan esencial para la difusión de las obras del escritor. En El mundo como la India, analiza con amplitud el beneficio, la lealtad, las equivocaciones, la pérdidas, la disparidad, de las traducciones, así como el bilinguismo, y en definitiva todo lo que conlleva el traspaso de una lengua a otra en la literatura.
Evoca finalmente el coraje y la resistencia (con la sobrecogedora mención de dos héroes víctimas recientes, Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, y Rachel Corrie, opositores pacíficos asesinados por las fuerzas de la opresión y la violencia), la ética y la moralidad en el escritor. Sin olvidar centrar la vista en las diferencias existentes, como norteamericana que es, entre Europa y Estados Unidos. Entre lo “viejo” y lo “nuevo”, perennes polos de todo sentimiento y sentido de orientación en el mundo. Y con conocimiento de su propia tierra aclara esa religiosidad americana tan presente en todos los estamentos civiles y que tanto nos sorprende a los europeos. Lo cierto es que adoptaron el sentimiento religioso como un escudo. Es la norteameriana una sociedad que aprueba la religión en general. Es decir, no importa qué religión se profese, siempre que se profese alguna. Concebida como idea moderna de religión, sin contenido, siguiendo las preferencias del consumo, todas predican algo semejante en la medida que promueven el orden y ofrecen garantías de que las intenciones de la misión estadounidense de dirigir el mundo son virtuosas.
Toda una Biblia de brillantez expositiva y conocimiento cultural, político y social, pero sobre todo es una oda a la literatura:
La disponibilidad de la literatura, de la literatura mundial, permitía escapar de la prisión de la vanidad nacional, del filisteísmo, del provincianismo forzoso, de la inanidad educativa, de los destinos imperfectos y de la mala suerte. La literatura era el pasaporte de entrada a una vida más amplia; es decir, a un territorio libre.









































































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