El gusanillo de los libros

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30.5.07

Mijael, Amos Oz




Coincidiendo con el cuarenta aniversario de la guerra de los seis días que dejó un mapa crítico en Oriente Próximo me sumerjo en esta difícil novela de Amos Oz (Jerusalén, 1939). Y digo difícil porque Mi querido Mijael, primera obra de este autor, líder del movimiento Peace Now, y flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007, no es una historia simple, y mucho menos de fácil lectura.
Es la primera vez que cruzo las puertas de la narrativa de Oz, miembro de la Academia de la Lengua Hebrea y catedrático de literatura hebrea moderna. Escrita en 1968, fecha tan desacreditada últimamente, es una historia que transcurre en el Jerusalén de la década de los cincuenta, donde esta ciudad de las mil caras adquiere tanto protagonismo como Jana, la joven esposa apática cuya mente e inquietudes han sido exploradas y analizadas tan en profundidad por este escritor que sorprende su empatía y acercamiento al alma femenina.
Por la noche, en invierno, los edificios de Jerusalén parecen espectros de color gris gélido sobre una cortina negra. Un paisaje de violencia contenida. Jerusalén sabe ser una ciudad abstracta: piedras, pinos y hierro oxidado.

Escrita desde la voz de una mujer que va madurando en su propio tiesto hogareño afable y aburrido, Oz ha reconstruido otra madame Bovary, israelí y moderna. Con una prosa de frases cortas y ágiles, se asemeja a una escritura de diario deslizándose en la cotidianidad de una década del matrimonio Gonen, una pareja joven, a la que el azar unió sin la intervención de una pasión loca. Él, el Mijael del título, es un buen hombre, tranquilo, sensato y estudioso (es geólogo). Ella, por el contrario es un espíritu inquieto y soñador, insatisfecho, en cuyo interior, adivinamos, porta una bomba de relojería histérica.
Llena de matices y contrastes, esta primera narrativa de Amos Oz es sorprendente. Esconde entre sus pliegues mucha filosofía judaica, con infinidad de preguntas, y pocas respuestas, como la buena literatura. Su protagonista, Jana, es consciente desde el principio que no se une al hombre aventurero que inunda sus sueños y sus pesadillas, algunos de una fantasía desbordante: Hay noches fecundas en que descubro un camino secreto en las profundidades del mar y avanzo en la oscuridad entre monstruos marinos verduscos y viscosos hasta que llamo a la puerta de una cavidad cálida. Allí está mi lugar. Allí, un misterioso capitán me espera entre libros, pipas y mapas. Su barba es negra, sus ojos retienen rayos hambrientos, me manosea como un salvaje y yo dulcifico su odio efervescente. Además, pequeños peces nos atraviesan como si fuésemos de agua. Al pasar me hacen sutiles incisiones de placer abrasador.

Y sin embargo ella ama a Mijael, a ratos. Así transcurre la vida en común de un matrimonio que podría representar a cualquiera de la época de escasez de posguerras. Es también la reconstrucción de una zona clave, tan efervescente y rica culturalmente. Todo un catálogo de los diferentes grupos asentados en Jerusalén, sus barrios, sus comercios, sus gentes, su diáspora. Asimismo es una ventana objetivamente informativa de los acontecimientos de la época de enfrentamientos en la crisis de Suez, cuando Israel atacó por sorpresa a Egipto (a mediados de los cincuenta) junto a la ayuda de Francia e Inglaterra, conquistando con ello la península del Sinaí, preludio de la posterior guerra de los seis días. Ello confiere de un cierto tono politico-religioso a la historia.

Jana, que fue estudiante de literatura hebrea, madre ahora de un niño inteligente y solitario, Yair, se mueve continuamente entre la insatisfacción y la rutina de vivir, no obstante, en un hogar respetuoso con su extrañeza. Mi difunto padre solía decir que ni siquiera las personas más fuertes son libres de querer aquello que quieren. Espeta Jana en varias ocasiones, en las que reprocha la falta de creatividad e ingenio de su marido, el que poseen los nacidos poetas.
Curiosa novela, impregnada por la visión del mundo y de la vida diaria desde el prisma de esa erudición tan particular de los judíos como pueblo religioso, una característica que los dota de una muy particularidad filosofía sedimentada en la fe: Son días importantes, señora Gonen, días decisivos, es difícil no tener pensamientos bíblicos en días así. Conversa el doctor de familia en una de sus visitas con Jana.

Mi querido Mijael, es una concentrada incursión en esa mente femenina llena de matices que muchos hombres acaban por no comprender, una prosa llena de lirismo y filosofía, por momentos teológicamente matizada, por momentos políticamente, pero siempre interesante para conocer el período que siguió a la guerra de independencia de Israel (1948) del mandato británico.

Una suave brisa tocará los pinos. Los horizontes palidecerán poco a poco. Y sobre los grandes espacios caerá una fría calma. Son las últimas palabras de la madame Bovary israelí.