Días memorables, Michael Cunningham

Envuelto en el aura de la fama que da el cine, con la adaptación de dos de sus novelas, Una casa en el fin del mundo (de la cual conservo un buen recuerdo literario que me ha hecho volver a este imaginativo y esquinado escritor), y la exitosa adaptación de Las horas, obra con la que consiguió el Premio Pulitzer (1999) y el Pen/Faulkner (2000), llega ahora a las librería el estreno en bolsillo (práctico para los culos inquietos de este verano) del último Michael Cunningham.
Días memorables (Specimen days) es una novela arrebatadora, hechizadora que te atrapa con su prosa un tanto excéntrica y delicada. Una novela en la que Cunningham hace uso del planteamiento narrativo que utilizara con Las horas: dividida en tres relatos autónomos que transcurren en el pasado, presente y futuro, hacen, sin embargo, lugar común en muchos aspectos: un chico adolescente, las calles de Nueva York, un mujer adulta, algún objeto que traspasa épocas, una sociedad programada y una Norteamérica en declive y sobre todo la poesía de un americano muy optimista para el tiempo que vivió, Walt Whitman.
Le gusta jugar a Cunningham, y lo hace de muchas maneras, pongamos que con los nombres de los personajes: Lucas/ Lucke/Lucka; Catherine/Catareen; Tomcruise y Katemoss; o el Simon de tres caracteres diferentes. Pero también lo hace con los sonidos, con la respiración de enfisematoso, los dientes de una máquina, comercios como Emporio Gaya, cuencos que pasan de mano en mano, calles o el mítico Five Points

En la máquina
Es el primer relato con el que se abre el libro. Fábula dickensiana, triste pero preciosista situada en la segunda mitad del siglo XIX, cuando despunta la revolución industrial en un Nueva York lóbrego, tenebroso y hollinoso. Lucas es un enclenque adolescente irlandés, miembro de una de esas familias que fueron carne de cañón de la prosperidad americana. Acaba de perder a su hermano Simon engullido por una máquina en la fábrica donde trabajaba. Sus padres, enfermos, solo le tienen a él vivo, entre la maraña de retratos y recuerdos de todos los familiares muertos de los que se rodean. Este niño hipersensible y especial, delicado y visionario, guarda en su mente, de memoria, las palabras del libro. Lucas es la voz de los versos del poeta contemporáneo del chiquillo, Walt Whitman.
Pero Lucas siente una atracción inexplicable por Catherine, la que fuera novia de su hermano muerto. Con estas perspectivas el chico decide ocupar el lugar de su hermano en la fábrica, a pesar de su juventud.
Los muertos regresaban a la maquinaria. Cantaban melodías seductoras para los vivos, tal como las sirenas cantaban para los marineros desde el fondo del mar.
La atmósfera lúgubre es absorbente y nos recuerda visualmente los escenarios mostrados por Gangs of New York de Scorsese. Con un final apoteósico, aires bíblicos, deambular callejero y filosóficas conversaciones con el poeta, Lucas se nos descubre, finalmente, como un ángel visionario que sacrifica unas vidas y salva otras para las que estaba destinado.
-Ya lo verás, ya lo verás. La búsqueda es también el objetivo. ¿Sabes qué quiero decir con eso?
-No, señor.
-Pues ya lo aprenderás, seguro. Cuando crezcas, lo sabrás.
-Necesito, señor...
-¿Qué necesitas?
-Necesito saber qué camino tomar.
-Ve por donde el corazón te diga.
-Mi corazón es defectuoso, señor.
-En modo alguno es defectuoso. Si te lo digo es porque me puedes creer.
Con un acontecimiento brutal que supuso la muerte de miles de mujeres trabajadoras en condiciones infrahumanas, termina esta primera zambullida en una narrativa que, a estas alturas, promete descubrimientos vibrantes.
Dios es una máquina sagrada que nos ama de un modo tan abrasador y tan perfecto que nos devora a todos nosotros. Para eso estamos aquí, para ser amados y devorados.
La cruzada de los niños
Resulta entrañable y conmovedora esta pieza central. Entre los varios relatos conjuntos de un autor, siempre hay alguno que chupa cámara a los otros, y este sería el chupóptero que nos ocupa. El más denso y fuerte de los tres. Esta vez la poesía de Walt Whitman deviene instrumento de un seudo-grupo, o algo a lo que el autor consigue darle un aspecto muy ambiguo, de terroristas visionarios llamados la familia o la compañía, que se sirve de niños maltratados, física y psicológicamente, para llevar a cabo actos supremos de amor, lo que ellos denominan a inmolarse abrazados a otra persona en plena calle.
La cruzada de los niños es un relato que transcurre en la actualidad, con una prosa tintineante (palabra fetiche que aparece por doquier) y con unos trazos tan bien marcados que la protagonista, mujer policía psicóloga forense, Cat Martin, se nos hace reconocible y entendible en su mínima expresión.
A los especialistas en psicología forense se les contagia la paranoia. Una sabe, mejor que el ciudadano de a pie, que el mundo contiene un submundo en el que los residentes se comportan como la mayoría de las personas, pagan su alquiler, hacen la compra, pero tienen además algo adicional entre manos. Reciben mensajes personalizados de sus televisores, o bien los viola cada noche una estrella de una serie de televisión, o han descubierto que las grietas que hay en la acera, entre Broadway y La fállete, deletrean el nombre de los alienígenas que se hacen pasar por líderes mundiales.
Mismas calles, escenarios, estrellas, rellanos, que hace cien años. Cat es una mujer policía inusual. Utiliza las palabras para calmar a todos los locos sueltos de la gran ciudad, que los hay, y vaya frikies. -Sólo hago mi trabajo-dijo-. Me proyecto en la mente del sospechoso.
Nueva York aparece con sus submundos, tan oscuros como los del Lucas del XIX . La estela de miedo e inseguridad que ha dejado el 11S es el oxígeno que se respira. Unos niños bomba se hacen estallar con la diferencia de unas horas, en varios lugares de la ciudad. Niños abandonados, retenidos y programados por locos que quieren cambiar el mundo. Niños que creen que es un acto de amor abrazarse a una persona cualquiera y detonar una bomba y para los cuales los poemas de Hojas de hierva es su lenguaje. No se sabe muy bien por qué razón Cat es la elegida por los niños para llamarle y comunicarle sus atentados y también sus miedos. Diálogos a través de los que se pretende cazar al terrorista. Pero Cat es muy especial, tiene un pasado doloroso, y un presente yermo, pero tranquilo. Su novio, Simon, es un rico espécimen, con quien la policía psicóloga encuentra refugio después del trabajo, y se deja llevar por la fragilidad. Pero nada es lo que parece y Cat se embarca en un acto de infinita compasión porque la vida no se mueve entre el blanco y negro, aunque la cuestión de razas también sea un tema debatido en este profundo relato.
Ese, así las cosas, era el mensaje: nadie está a salvo, ni siquiera las madres, ni siquiera las personas dispuestas a sacrificarlo todo por amor.
Cual belleza
Título un tanto extraño como el mismo relato, que sorprende por todos sus laberintos. Cunningham se adentra en la ciencia ficción con la tercera parte de la historia. Si bien se pueden considerar y leer por separado, los tres relatos están conexionados con muchos hilos en común, desde los nombres de personajes a objetos y escenarios, situaciones o sentimientos, como por ejemplo los pálpitos, prueba nada científica pero sí muy humana. No suelo leer ciencia ficción, no desde hace años. Por ello ha supuesto todo un deleite descubrir lo bien que me lo he pasado con ésta extravagante puesta en escena.
El autor americano se ha corrido ciento cincuenta años del presente, donde dejamos a Cat y su acompañante tan especial : Soñó con un tren que volaba sobre un campo dorado, con rumbo a un destino inefablemente fabuloso. Sueña el Simon, de índole artificial, en una Nueva York convertida en parque temático, sociedad de subcontratas, centro comercial, y palacio del juego.
Por ese Nueva York absolutamente caótico (imaginen el futuro en 2157) conviven (o se soportan) todo tipo de seres, humanos, artificiales, deformes geneticamente, tarados, alienígenas...Los símulos, algo así como los terminator del cine, pero en bueno, son robots de aspecto humano programados solo para determinadas funciones:
.- Verás cual es el problema en eso. Yo no puedo atacar físicamente a nadie. Podría robar una pastilla, pero no puedo amenazar al conductor. Mi programación no me lo permitiría. Me quedaría paralizado. No, de hecho entraría en colapso...
Simon sabe que tiene que huir, (para escapar a la decisión de las autoridades de exterminar a todos los artificiales) y lo hace junto a una no menos chocante compañera, una nadiana (alíen inmigrante de otro planeta con algunos toques físicos a lo lagarto) llamada Catareen, con la que emprende una road movie desde Nueva York a Denver, pleno centro profundo de una Norteamérica anárquica y confusa por varios motivos, entre ellos la explosión de varias centrales nucleares, la manipulación genética o la privatización de los Estados, de tal forma que son comprados y adquiridos por grandes empresas: Magicom trataba de vender Pensilvania, pero no encontraba compradores. Y es en Denver donde espera Simon encontrar a su creador, Emory Lowell.
Hay momentos realmente desternillantes y chispeantes en esta mezcla apocalíptica de Mad Max, Blade runner e I.A (Inteligencia Artificial). Imaginen que estos dos compañeros de viaje son sorprendidos por una banda donde uno de ellos va de Jesucristo, la chica de Virgen María, otro de Obi-Wan Kenobi y un cuarto es un adolescente deforme pero buscavidas de primera. Sólo leer la escena que viven merece la compra del libro.
La imaginación sin límites que Michael Cunnigham ha volcado en esta parte es, cómo poco, aleccionadora y sana frente a la vacuidad de la Tv siempre encendida. Algunos guiños son sublimes: como los niños que cuida la nadiana, llamados Tomcruise y Katemoss, los zánganos que corren como insectos vigilantes con el poder de disparar eliminadores rayos laser, vehículos pastilla que conviven con los pocos de ruedas y gasolina que quedan, o la empresa donde trabaja Simon, denominada Encuentros Peligrosos S.L., para turistas que contratan el ataque de un delincuente en diferentes grados de peligrosidad. Todo ello regado, al igual que los anteriores relatos, con la poesía de la magna obra de Walt Whitman, Hojas de hierba.
Todo lo que contiene esta obra muchos años revisada, donde Whitman canta a la libertad, la sexualidad, la espiritualidad libre de dogmas y preceptos, la comunión con todos los seres, la democracia, la vida agreste y el trabajo duro, el progreso y a su patria, una patria como lugar donde todo lo anterior se puede volver posible, está contenido en esta otra memorable obra de Cunnigham.
Diréis que tal vez he dado demasiadas claves de los relatos, pero la esencia del libro, la razón de hacernos con esta historia está en el camino sinuoso, lleno de recovecos con que se disfruta la lírica de la prosa de este autor, que nos sorprende con sus ritmos y cadencias. Mérito, también, de un buen traductor como es Miguel Martinez-Lague.


















































































<< Home