El gusanillo de los libros

"Somos lo que leemos", Erasmo de Rótterdam (1469-1536). ------------------- Por favor, aquellos/as escritores/as o editoriales que deseen contactar, encontrarán el mail en el blog.

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29.6.09

Edgar Allan Poe & Saki



Un triple de satiricóctel


No cabe duda que los cócteles explosivos son la guinda de toda fiesta veraniega. Un festín de lecturas bajo el sol cálido del norte, a la sombra fogosa del sur, el viento suave de parajes rurales o el tiempo de esperas en los viajes. Inigualables, proteínicos y sólidos son los cócteles literarios que me he montado con la biblioteca, que lucha por una república independiente en mi casa, de NAVONA, de la que no me canso de recomendaros y alabar. Pocas empresas editoriales tienen la osadía de apostar por la cultura con mayúsculas en estos tiempos de crisis, económica y artística. Y sin embargo hacer frente a la crisis no es tan complicado. Yo opto, más que nunca y debido a la necesidad anímica, por lecturas sólidas, que contrarresten la vacuidad líquida de la que estamos rodeados. Apuesto por los buenos autores de estudio, que son la base y cemento del pensamiento crítico. Pocas veces he sentido que mi dinero estuviera mejor invertido que con aquellos volúmenes que comparto con ustedes.

Esta vez la mezcla es anglosajona en estado puro: Saki, hijo del Imperio Británico y de su tiempo, finales del siglo XIX y principios del XX, y Edgar Allan Poe, autor romántico estadounidense, anterior en el tiempo a Saki, (primer tramo del siglo XIX), descendiente de emigrantes irlandeses e ingleses. Ambos irónicos, sarcásticos y muy críticos con el puritanismo y la doble moral de la sociedad victoriana en la que, hoy diríamos, se sentían fuera de tiesto.
Poe & Saki, dos volúmenes finamente encuadernados, ambos macabramente hilvanados en sus prosas. Los cuentos indispensables de Edgar Allan Poe, hace que nos regodeemos, en 108 páginas, con la impresionante imaginación de este norteamericano oscuro que se mofaba de casi todo lo que le rodeaba, como él mismo admitió. Cuatro son los relatos elegidos en esta selección, que nos descubre al Poe más gótico y siniestro, pero también romántico: “Ligeia”, tal vez inspirado por la muerte de su joven (13 años), prima y esposa, Virginia Clemm. “El pozo y el péndulo”, “El barril de amontillado” y “El manuscrito hallado en una botella”, son los otros tres cuentos, pertenecientes a diferentes épocas del autor, que engrosan su terrorífico perfil literario, de ciencia ficción, sobrenatural, siniestro, grotesco casi: calabozos, tortura, Inquisición, buques fantasma, damas tuberculosas, bellas y misteriosas, la ambigüedad de la venganza atroz…Los personajes de los relatos de Poe son básicamente “tipos psíquicos”, dice la prologista y traductora Carme Font, revestidos de una aguda desorientación mental. Una manera de hacerles vivir situaciones extremas, a gusto de las inquietudes del autor.



Alcanzamos, no obstante, un grado de acidez exquisito cuando compaginamos la lectura de estos relatos de Poe con el extraño sarcasmo y humor negro de Hector Hugh Munro, más conocido en el mundo de las letras por el seudónimo de Saki. Munro fue un británico nacido en Birmania en 1870, que en su infancia fue enviado a Inglaterra para criarse con sus tías. Influencia que se adivina en sus crónicas personales donde se ríe a destajo del llamado “buen tono” del ambiente social. En estos cuentos, o más bien crónicas como he apuntado antes, Saki se transforma en Reginald, un personaje un mucho frívolo, misógino sin duda, cáustico, malvado, algo así como un Boris Izaguirre de la época, pero sin tanta pluma. Con prólogo de José Luis Piquero, Reginald de Saki se alza, créanme, en una lectura diferente. Entretenida, didáctica, atípica y peculiar. Toda reunión, fiesta, pastiche o ceremonia que se precie no prescinde de Reginald. Él está allí, como el mejor alcahuete. “Reginald es lo que los británicos llaman a glenteman of leisure, un caballero ocioso cuya vida es una sucesión de almuerzos, tés y fines de semana en el campo” anota Piquero. Un petimetre con pasajes francamente divertidos y salidas geniales; otros, misóginos decimonónicos: “…y tan tonta. En estos días de exceso de educación en las mujeres, ella resulta refrescante. Dicen que algunos entraron en el París sitiado sin saber que Francia y Alemania estaban en guerra…”; “La vida está llena de decepciones –observó la duquesa- y yo supongo que el arte de ser feliz consiste en revestirlas de ilusiones. Pero eso, mi querido Reginald, se hace más difícil a medida que una se hace mayor”… “Yo creo que eso se práctica más de lo que usted imagina. Los jóvenes tienen aspiraciones que nunca llega a realizar; los viejos tienen recuerdos de lo que nunca ocurrió. Sólo los de mediana edad son conscientes de sus limitaciones: por eso hay que ser tan pacientes con ellos”.

Dieciséis crónicas, (algunas tramas un tanto amargas y crueles rociadas con un tono de trivialidad que según Borges recuerdan las deliciosas comedias de Wilde), conforman este volumen en las que Reginald expresa su parecer y experiencias con cursis familiares o lejanos primos en época de Navidad, el mundo del teatro, las preocupaciones, las tarifas, sus dramas, su inocencia, o sus impresiones sobre la paz. Especialmente escandalosos algunos, como el hilarante “La travesura del coro de Reginald”, procesión bacanal que organiza el sujeto con los niños del coro: “Lo apropiado hubiera sido un equipamiento de pieles de pantera; tal como estaban las cosas, aquellos que poseían pañuelos de lunares fueron autorizados a llevarlos…”. Vamos, un sinvergüenza de chismes sociales, con un aire pícaro cuyos desaires casi gustan más que escandalizan. La traducción, realizada también por Piquero, está repleta de interesantes notas a pie de página, intentando explicar los múltiples juegos de palabras empleados, así como referencias culturales o curiosidades de la época.

Compaginar la lectura de ambos volúmenes proporciona un momento lectura sublime y rico, no exento de una leve y elegante frivolidad.


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LA PROMESA, de Friedrich Dürrenmatt sigue siendo el libro perfecto para el verano. Ahora en Revista de letras.

20.6.09

Monógamo, Arnon Grunberg




¿Qué tal si hablamos de amor este verano?

Me topo para mi solaz, con el ansía eterna de saciar encontronazos con nuevos literatos, con un escritor vivificante y dinámico, vividor y prosista, un delirante corrosivo no exento de cierto cinismo, un holandés errante, Marek van der Jagt, perdón, quise decir Arnon Grunberg. Quizá no sea desacertado llamarle Marek van der Jagt, al fin y al cabo éste parece vislumbrarse como su otro yo, el falso o el verdadero, depende como se lea su verdad a medias, contradicción con la que empieza su “curiosa” última novela, Monógamo.
Un escritor con experimentada faceta de múltiples oficios (a ver, ¿quién puede vivir hoy día sólo de la literatura, hasta no bien alcanzado el éxito?). Colaborador de varias revistas (Amnistía Internacional entre ellas), periódicos, radio y televisión. También gusta de vivir en carne propia aquello de lo que quiere tratar en sus novelas: incorporarse al ejército holandés para conocer Afganistán, aceptar un trabajo como reportero para entrar en la base naval de Guantánamo, trabajar en un hotel alemán y observar a los trabajadores… lo que me da pie a suponer que lo que cuenta en Monógamo lo haya vivido, más o menos. O, tal vez, su previo y polémico libro “Como me quedé calvo”, que habla de la calvicie psicológica y del tamaño del pene, sea un asunto que le trae de cabeza?!. Novela, por cierto, que firmó con seudónimo, el nombre de su personaje, el tal Marek. En todo caso, todas sus novelas causan cierta polémica, lo que, a su vez, le está reportando un gran éxito, (y, cómo no, dinero). Mirado con lupa, hay que decir que dicha polémica no le resta talento, y aunque haya mucho ruido y ciertas sonrisas, publicidad y un poco de espectáculo por parte del autor (quién ha reconocido su homosexualidad pero a la vez su amour fou por las mujeres), también hay nueces literarias de muy desopilantes texturas.


Mi identidad coincide con mi oficio de escritor. Soy lo que escribo y todas mis demás actividades están al servicio de ésta. El escritor es ante todo alguien que observa e investiga al mundo y a sí mismo, como un biólogo puede observar o estudiar a un grupo de elefantes, monos o lombrices de tierra”. Se abre Grunberg a través de Marek en Monógamo. ¿Estamos ante una transformación más de la novela? Podría ser. La novela lleva transformándose, evolucionando desde Cervantes, Broch, o Rabelais, Diderot, Joyce o Kafka. Arnon Grunberg exhibe su rebeldía por medio de su otro yo, Marek van der Jagt, un rebelde que lucha contra el orden establecido para someterlo a propio dominio, y de dominar habla mucho esta novelita: “Poco después, advertí con asombro que deseaba dominar. Pero que quede claro: dominar a otras personas”…”El engatusamiento y la seducción no causan víctimas a corto plazo. El engatusamiento sólo causa víctimas a medio y largo plazo…”. Marek/Arnon quiere conocerse, para ello registra su vida en un dietario, desde sus primeros escarceos juveniles con el ferviente deseo dominador. Comienza con su familia, hasta que se da cuenta que en realidad él es el dominado.
La literatura le sirve de guía en su objetivo de descubrir al verdadero yo: Albert Camus, Stendhal, Benjamin Constant, Frank Wedekind, André Brink, o el cineasta François Truffaut. Así, empezó Marek a considerar cada vez más repulsiva la idea de que todo hombre tiene derecho a una sola mujer. Caray, con Arnon/Marek!, “…mi imaginación era irrefrenable. Empecé a desarrollar fantasías sobre casi todas las mujeres con las que me topaba”.

Todo el relato (98 páginas) es en sí una digresión psicológica (junto a otras digresiones o pequeñas intervenciones que fecundan el texto) de la figura de Don Juan, personaje al que alude constantemente el escritor europeo traducido a veintiún idiomas. Deducimos, pues, esa cierta atracción masculina por el donjuanismo, inevitable en alguna etapa de la vida. Pensamos en el novelista-autor, según Milan Kundera, como estacionado en su momento lírico, entendido éste como una cierta manera de ser: el escritor deslumbrado por su propia alma y por el deseo de que sea escuchado. Grunberg está no solo en la edad lírica, concentrado en sí mismo, en esa cierta juventud, también intenta trazar o adivinar su propio retrato. Aún no está en el proceso de alejarse de sí mismo, cumple en cierta forma la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía, de nuevo me agarro a Kundera en su ensayo en siete partes sobre la novela.

¿Alcanzará este Don Juan a la bestia llamada Amor? “Te elevas y vuelas; pero te elevas y vuelas para luego caer. Nunca antes fue tan tentador ser destrozado”.

Pero sigo, y entonces Marek.. : “En París conocí a una violonchelista, V., que era de Viena y que había vivido en el mismo barrio en el que yo me crié…”.

No les cuento más, lo dicho basta para abrir boca, para degustar este fenómeno que es Arnon Grunberg.



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REcoMendaCión





Por otro lado Dan Cérber lanza este verano la disyuntiva de Pablo Dalman, dejar de ser el mejor amigo de las mujeres, para convertirse en el mejor amante. Con una prosa dinámica, de ínfulas periodísticas y hermanada a la comedia fresca, estrena primera novela, muy pop. Después de escribir relatos desde siempre, como él dice. Este verano te puedes divertir de lo lindo y entusiasmarte con este refresco narrativo de Cérber, Amigo de todas, de la editorial Círculo rojo.

Disfruta este verano de lecturas frescas, y haz hueco en tu mochila o bolsa de playa. Y sobre todo no le digas a él que solo le quieres como amigo...

Fácil de conseguir: por la web, en CIRCULO ROJO, y en muchas librerías de Madrid. No te cortes.


Y continúa abierto el I concurso de relato de terror en la misma editorial.

6.6.09

Francis Scott Fitzgerald & Federico García Lorca

Gatsby & Sánchez Mejías


Encantada como me muestro con la editorial Navona y sus Reencuentros no podía por menos que acercarme a su nueva propuesta, una interesante colección de novela en corto, con la que además se han esmerado especialmente en el diseño y utilidad de esta exquisita edición de bolsillo. En la nueva colección han reducido un poco el tamaño del volumen, con artísticas y atractivas portadas, un precio más asequible aún si cabe, y con la misma calidad en la selección de obras y autores. En esta ocasión no he podido sustraerme a degustar, al mismo tiempo, dos nacionalidades diferentes, que casan muy bien juntas. A mi me han sentado de cine. La sátira tan sui géneris del autor de “la generación perdida” estadounidense, Francis Scott Fitzgerald, escogido por Navona con un curioso relato, Un diamante tan grande como el Ritz. Sírvase como acompañamiento, para dar el contrapunto en el sabor, nuestro poeta del alma, Federico García Lorca, con un picoteo antológico de su poesía. Un cóctel vivificante que juega con nuestro artefacto mental.


Hace pocos meses hemos apreciado en cine la adaptación, con inmensos cambios sin embargo, de uno de los extravagantes relatos de Scott Fitzgerald, “El curioso caso de Benjamin Button”, en el que el autor de “El gran Gatsby” efectúa una sátira sobre las convenciones sociales de principios del siglo XX. Este escritor, tan visual y no obstante tan complicado para adaptar al cine, se ha constituido en el paradigma de la fascinación norteamericana por París y la Riviera francesa, la era del jazz, (de hecho sus relatos y novelas muestran la lasitud de la juventud que bucea entre el jazz y la ginebra), el fulgor del alcohol, la nostalgia del pasado, y el esplendor (artificioso e insostenible) de los refulgentes años veinte. Un brillo de oro y piedras preciosas, símbolo metafórico del esplendor y el lujo deseados, matiz principal de la breve narrativa que me ocupa, "Un diamante tan grande como el Ritz", escrita en 1922, dueña del típico estilo rico en las descripciones que caracteriza al autor americano. Como si respondiera a un sueño privado y personal, Scott Fitzgerald confeccionó este relato como premonición de su (futura) opulencia junto a su esposa Zelda, prefigurando la generación flapper, que ha diseñado en sus obras. Una existencia disipada, la que él mismo se regaló. Como afirma el prologuista del relato, Vicente Campos, algo de negro presagio hay en este cuento divertido y extraño, incómodo y grotesco al mismo tiempo, lleno de comicidad sorprendente y satírica, con un ingenio propia del genio. John T. Unger es un muchacho de un pequeño pueblo que al acudir a la universidad conoce a un compañero, Percy, un tanto callado y secretivo. Acabado el curso Percy invita a John a su hogar, un lugar deslumbrante de riqueza. El padre de Percy, un coronel retirado, se hizo inmensamente rico (el hombre más rico del mundo) al encontrar una montaña de diamantes, cuyo secreto ha guardado durante muchos años de las autoridades, debido a sus “particulares” estrategias y le ha convertido en el todopoderoso dueño de un Xanadú, un lugar palaciego rodeado de esclavos y… bueno, algo he de dejarles para su sorpresa. “Iluminado hasta el último rincón por las estrellas, un exquisito château se eleva desde las orillas del lago, ascendiendo en resplandor marmóreo hasta la mitad de una montaña contigua, para acabar fundiéndose con gracia, en perfecta simetría…con la espesa oscuridad de un bosque de pinos. Las numerosas torres, la esbelta tracería de petriles inclinados, la maravilla tallada de mil ventanas amarillas, con sus rectángulos, hectágonos y triángulos de luz dorada, la suavidad quebradiza de la intersección del brillo de las estrellas y las sombras azules...”

Una auténtica extravaganza narrativa donde se hace patente el fulgor y poder de la estética, brillo y flou, inherente a los relatos de Scott Figerald, un mundo narrativo plástico difícil, contradictoriamente, de plasmar en el mundo fílmico.


Por otro lado, he ido intercalando la lectura del maestro norteamericano con otro maestro inmortal de la poesía, provisto de buenas dosis de riqueza metafórica, capacidad de sugerencia, hondura y compromiso: nada menos que Federico García Lorca. Toda una epifanía. Una experiencia indescriptible pasar de uno a otro. Navona ha reunido Una antología poética del escritor granadino que abarca todas sus voces, su obra más popular y tradicional, sus canciones, romanceros, piezas teatrales, o sus llantos. Pocos poetas se introducen tan hondamente en la raíz popular como lo hizo, imagen y reflejo de una época, García Lorca. Y vuelta a la plasticidad, un común con Scott Fitzgerald. ¿Quién no guarda en su memoria las palabras masticadas, el derramamiento lingüístico del poeta desaparecido? ¿quién no tiene en un rincón de su memoria ese: La niña de bello rostro/está cogiendo aceituna. El viento, galán de torres/la prende por la cintura. Pasaron cuatro jinetes, /sobre jacas andaluzas,/ con trajes de azul y verde, /con largas capas oscuras”?. Federico que estás en los cielos.

Todo un mundo mágico, caracterizado por sus símbolos, la omnipresencia del lenguaje, lo pasional, lo trágico, el mundo gitano tan admirado por Lorca que ha dado nombre a todo un universo: lo lorquiano. Esta selección habla de unos años, un tiempo crítico, social y políticamente, de 1921 a 1936.

Dos universos pictóricos, visuales.



Nota: He tomado la decisión de suprimir los comentarios, ya que no dispongo de tiempo para responder a todos. Por favor, aquellos/as escritores/as o editoriales que deseen contactar encontrarán el mail en el blog. Gracias a todos.


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El enigma de París en Libro a Libro


Y La carretera, que en octubre veremos en cine, en Revista de Letras.

20.5.09

El enigma de París, Pablo De Santis







Hablaba hace unos días de editoriales que mantienen la dinámica de premios comerciales, elevándose (las editoriales y el autor elegido) a un estatus que marca tendencias y éxitos literarios. Nada que objetar, siempre y cuando dichos premios sean de calidad merecida y contrastada. De hecho yo soy la primera que se deja fascinar por el carnet con puntos de Premios de un escritor. Ejemplo de lo dicho, los Premios Nobel me privan todos. Por no hablar de los Booker Prize, los Goncourt o los Pulitzer. Pero cuando no se corresponde calidad con floritura laureada, ahí, más vale un varapalo a tiempo que 100 mediocres volando en el aura literaria. Pero ese no es el caso del Premio Planeta-Casamérica de Narrativa Iberoamericana 2007, El enigma de París del argentino Pablo De Santis . Trabajo minucoso, obra milagrosa, pasmosamente elegante y hábilmente elaborada.
Oigan, un disfrute.
Primero; su edición de bolsillo la hace cercana a nosotros, una obra amiga, que se deja tocar y sobar, magrear y subrayar. Disfrutar de una bacanal libresca con el lenguaje vestido de pret à porter. No se hagan las longis, queridas editoriales, nada como una edición que nos haga vivir los libros, contra tapas duralex combinadas con el mueble estantería de nogal, misión adorno.
Segundo; ese interior jugoso, hilado finamente por un escritor cuyo mundo me era ya vagamente (ay! mi memoria) conocido, gracias a su obra “El calígrafo de Voltaire”, 2001. Rico, rico, este volumen vitaminado se amortiza a los cinco minutos de comenzar a leer, porque sus páginas son, desde la primera a la última, material incombustible que eleva la novela a su posición de gran dama de la literatura. ¿Exagerada? Ni lo crean. O quizá mi exaltación se deba a la falta de ofertas suculentas en narrativa contemporánea, ausentes en los escaparates de las librerías, o grandes espacios comerciales, donde, en su lugar, acaparan un sitio que no les corresponde tochos insufribles.
Una pena.

Pablo De Santis nos acerca a París en un dirigible que al vuelo atraviesa el tiempo y el océano Atlántico, lo que nos sitúa, al poco de comenzar, ante una novela no-histórica. No al menos como comúnmente se ficha a este género. Y sin embargo el autor traza el costumbrismo y la ambientación de 1889 con ingenio y estética, donde los excéntricos personajes se mueven como poseídos por el bacilo del género, en una perfecta veracidad documentaria.
Estamos en los febriles días previos a preparación de la Exposición Universal de París, para la que se han reunido los Doce Detectives más famosos del mundo, un selecto club donde cabe toda nacionalidad, práctica y método para descubrir el crimen: “Somos filósofos de la acción, y solo nos miramos en el espejo de nuestros actos”. Investigadores, que aunque no lo quieran, se dan a conocer por medio de sus investigaciones. Con un regusto decimonónico que detectamos en el poso de esta lectura, De Santis se adentra en un auténtico film noir bajo su prosa apasionada por el enigma y su revelación, una prosa cabalística y festiva. Como voyeurs lectores disfrutamos las discusiones sobre el arte de la investigación.
Con la excusa de componer un rompecabezas sobre una serie de crímenes que tienen lugar en París, cuando por fin se deciden los sabios detectives (tan diferentes, tan rivales) a contar sus secretos, De Santis da un cursillo del desarrollo detectivesco y, de paso, parte de su historia, según las costumbres culturales de cada país, y los medios de que se disponían en la época, que visto desde el trabajo actual de la policía científica, resultaba francamente meritorio cualquier resolución o el intento de ella. Cada detective define, a tenor de sus propias experiencias, en que consiste investigar, si bien algunos, entre los Doce, prefieran usar los puños al razonamiento: “Los resultados no son todo, señor Darbon. Hay una belleza en el enigma que a veces nos hace olvidar el resultado…Además necesitamos el ocio, las charlas de la sobremesa. Somos profesionales, pero no puede ser un verdadero detective quien no tenga algo de dilettante. Somos como viajeros, llevados por los vientos de la casualidad y de la distracción hasta el cuarto cerrado que esconde el crimen”.

Con grandes dosis de filosofía, el autor argentino, con un leguaje proteínico, se adentra en el legado del detective, sus tácticas, sus historias, sus amarguras, sus envidias… Ese final de siglo detenta profundos cambios, que habían de influir en todo, desde la nueva visión de la arquitectura, las relaciones sociales, o las religiones (se describe en El enigma de París la creciente proliferación de sectas y adoradores de la incógnita, lo arcano. Incluso la ciencia es materia de discusión…”La ciudad de París ha sido durante largos años un refugio para todos los saberes esotéricos. Ahora se han propuesto iluminarla. La luz eléctrica, el positivismo, la Exposición, la Torre: son formas de lo mismo. La ciencia ya no es un conjunto de respuestas, sino un exterminio de las preguntas”).

Dividida en cinco partes, la novela va desarrollando diferentes historietas de intriga siguiendo la opinión de cada detective en la forma de investigar, a la vez que el eje central lo conforma la investigación del asesinato de uno de los detectives, (Darbon), al que le seguirán la quema de un cadáver (ajusticiado en su momento, así como el asesinato de una bella mujer del espectáculo, todo ello relacionado entre sí. Contado con tal maestría, que De Santis no pierde el ritmo ni el rumbo narrativo en momento alguno.
Pero les apunto, ya en el final de este comentario, que lo brilla con especial luz en esta obra es, antes que nada, un homenaje. No necesariamente a los Sherlock Holmes reunidos en París, más bien a los adláteres, los Watson de todo detective: el ayudante, el asistente que derriba muros del "cuarto cerrado", el consejero imprescindible de todo buen detective. Toda la novela se me antoja que sigue la trayectoria de estos detectives de segunda. Tal es así, que la voz narrativa es la de un adlátere que deviene en el mejor de los detectives. El descubridor final, Sigmundo Salvatrio.

Con ese arte de mezclar ficción, enigma, intriga, ideas, historia, nos adentramos en mil novelas en una. Hablaba antes de los cambios profundos que tan bien describe el autor con el final de un siglo y la llegada de otro. La torre Eiffel se convirtió en símbolo de esos cambios, no sin un mar de polémicas, también ella es protagonista. Pablo De Santis mueve su crónica desde el desmoronamiento de la visión única, a la hoja en blanco que el investigador (y el escritor?) debe escribir.

Producto bien fabricado, premio bien merecido.




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Entrevista a Belén Gopegui







...¿Cómo empezar a hablar de Belén Gopegui, cuya labor de narradora se ha hecho, en pocos años, con el aplauso de la crítica, y por supuesto del lector? Un lector habitual de literatura que busca y rebusca para encontrar retos prosísticos, narrativos y temáticos que le provoquen seguir amando la literatura y especialmente seguir creyendo en la novela como arte sublime del pensamiento y la reflexión, y cómo no, el compromiso. En esto último, el compromiso, Gopegui milita sin descanso, en sus obras, (entre las que se cuentan no solo novelas, también guiones de cine y obras teatrales), en su conferencias, en su vida, porque, dice, es imposible escribir sin hablar de política. La política conforma nuestra existencia, y nuestro vivir, aunque nos creamos exiliados de ella. Esta escritora madrileña del 63 hurga en nuestras conciencias manteniendo un diálogo con el lector desde su primera novela en 1993, exponiéndole a las cosas que cambian las sociedades: el dinero, las contradicciones con las que convivimos, la soledad, las revoluciones, el reflejo de los nos rodean, el dinero, el poder, el dinero...seguir aquí.


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Ven a Libro a Libro


Tengo el gusto de presentaron una exquisita revista digital sobre libros y literaria. Libro a Libro tiene como meta promover la literatura contemporánea iberoamericana, con énfasis en la producción de libros en español, tanto en Europa como en Latinoamérica y el Caribe. "Creemos, dicen sus responsables, que podemos tender puentes para hacer accesible la lectura a todos por igual, con una publicación que además de reseñas y críticas, incluya noticias, eventos, entrevistas y reportajes". Tengo el enorme placer de ser invitada, y nada menos que con una reseña mía de Paul Auster. Un placer que os paso.

9.5.09

Anónimos, Miguel Sanfeliu

Presentaci%C3%B3n%20de%20Mapa%20Mudo%20y%20An%C3%B3nimos%2003



Escribir en corto


¿Por qué ocurre que se editan tantas novelas prescindibles, banales, llenas de aburridos y simplones clichés, y en cambio hay escasez de libros de relatos o cuentos que por lo general gozan de un amplio abanico de imaginación? Estoy segura que al cliente-lector se le puede aleccionar a degustar un más sofisticado mundo literario sin que por ello encuentre bostezante el delirio narrativo. Solo hace falta un poco más de riesgo, un riesgo por otro lado que puede resultar sedoso a las editoriales, pues muchos lectores son los que buscan y rebuscan, entre enfadados y defraudados, revolviendo en tanta cochambre seudoliteraria. Navona es una de esas empresas editoriales con garbo, arriesgada pero segura, con gracejo e ingenio, de la que les volveré a habar en próximos viajes. Otra es Ediciones Traspiés, editorial granadina que no da un solo traspié, y cuya norma es la originalidad, y por supuesto la calidad de los textos, acercándose tanto a la experimentación como al clasicismo. Varias son sus colecciones, entre ellas viene de estrenarse Vagamundos, de exquisita y cómoda encuadernación, para llevar consigo como un perfume, que sobresale porque sus historias vienen ilustradas, ya sea con fotografías, o con dibujos, que alimentan estos libros elegidos. Textos cautivos, dice el cartel de la muestra itinerante que se han montado. No me digan que eso no es marketing con ingenio para despertar, mediante la unión de artes, el apetito dormido por tanto bestseller inmundo.
Dos de estas preseas han llegado a mis manos, Mapa mudo, de Hilario J. Rodríguez, del que ya he dado cuenta en su momento, y Anónimos, de Miguel Sanfeliu, primerizo en publicación, pero no en el mundo de la escritura, pues como él mismo nos susurra en el prólogo, siempre ha escrito, y desde niño suele andar por ahí con gente imaginaria. Sanfeliu es un vecino que se asoma de vez en cuando desde su ventana y nos encontramos en el patio virtual. Sentí una inmensa curiosidad, por tanto, cuando en el otro mundo, este que llamamos real, topé con la publicación, en la colección Vagamundos, de su Anónimos. Curiosidad y alegría, pues una vez leído, relajadamente y con parsimonia, (puestos a hacerlo se puede leer de una sentada, pero bueno es detenerse en el tiempo), se degusta cada página oblicua como si de un pincho de la cocina más suculenta se tratara
La verdad es que a medida que crezco en años, me apetece tan poco leer mal, como vivir mal. Decía Oscar Wilde que para criticar un libro no hace falta más de seis minutos de lectura. A veces basta con un par de páginas, para saber que estás ante un LP (libro prescindible). No es el caso de la pequeña recopilación de Sanfeliu. Más bien diría que este valenciano de adopción me ha provocado una AI (amable irritación), pues sus cuatro relatos, Sólo, Anónimos, El campeón de Arequipa y Renacer, me han dejado con el corazón pedigüeño de más ración cuentista, hablando en plata, con las ganas. A poco me ha sabido, por deliciosos, el cuarteto de imaginativos, dinámicos, chocantes relatos de prosa amable y digna, para leer bien, y el que lee bien tiene la sensación de ser el autor del relato narrado. Dotados de cierta ensoñación y vagabundeo, estas piezas de Sanfeliu parecen decir que la vida es una broma infinita, algo que ya dijo en largo D. Foster Wallace. Pero no exageremos, Sanfeliu tiene mucho camino por delante para llegar a la derivación verborrea y perturbadora de Foster Wallace, aunque el camino emprendido sea tremendamente cautivador. Henry James observó que el cuento se sitúa “en el punto exquisito en donde acaba la poesía y empieza la realidad”. Con lo que el camino está tomado en Anónimos, entre la poesía y la novela. Estos relatos cortos nos hacen reducir la velocidad, y consumir con gran provecho las pequeñas sutilezas que el autor nos indica a través de los personajes, que se mueven casi sin fondo de armario. Seres solitarios que son los abanderados en los cuentos. Me pregunto de qué escuela ha escuchado sus voces Sanfeliu: la chejoviana, hemingwayana, borgiana, kafkiana, o una pizca de todas, con especias de su gente imaginaria?. Mejor se lo preguntamos.



1.- Tú, como yo, te mueves en el medio virtual, dime, ¿Qué aporta la Red al mundo literario?
La red, en mi opinión, aporta libertad y, sobre todo, un canal por el que difundir iniciativas, obras, autores, que son ninguneados por la crítica oficial, que se mueven en círculos reducidos, gente interesada por la literatura, dispuesta a compartir sus opiniones con generosidad. Por otra parte, Internet ofrece un medio fácil y accesible para difundir lo que uno hace, para darse a conocer, para exponer el propio trabajo e intercambiar opiniones. Me parece un invento fantástico.

2.-¿Por qué empezar por el relato corto? ¿No me digas que mantienes cierta distancia con la narrativa más larga?
No, desde luego. El caso es que yo llevo escribiendo toda mi vida, y puedo decirte que también he escrito novela, aunque no haya publicado ninguna todavía. Pero sí es cierto que siento predilección por el relato, que me parece el género ideal para experimentar y el que más exigente resulta en cuanto a concisión. Me gusta la contundencia del relato. Creo que cuando consigue ser eficaz, el relato no tiene rival a la hora de clavarse en el pecho del lector.

3.- ¿Eres amante de ciencia ficción? Me ha parecido que tus relatos tienen mucho de este género, aunque de manera muy elegantemente sutil.
Sí, siempre me gustó la ciencia ficción. No le hago ascos a la literatura de género, aunque me molesta que se utilice el género para menospreciar determinados temas. Yo publiqué algunos relatos de ciencia ficción en revistas como Solaris o Menhir, y también participé en la antología “Visiones 2002”. La única división válida debería ser la que se rige por la calidad. Sólo tiene sentido distinguir entre buenos y malos libros, sin tener en cuenta su temática. Me gusta que digas que la referencia al género te ha parecido sutil porque esa era mi intención, moverme por el filo, evitando poder ser encasillado.

4.- ¿Cómo ves el mundo literario en Valencia?
No puedo contestarte a esa pregunta porque debo reconocer que no lo conozco. No he llegado nunca a integrarme en los círculos literarios valencianos. Ahora que acabo de publicar este libro he llegado a la conclusión de que en mi vida he mantenido las cosas como en compartimentos estancos: la vida familiar, la vida laboral y la vida literaria. Hay compañeros que han descubierto ahora que escribo.

5.-Las ilustraciones que has hecho para tus relatos de Anónimos son estupendas. ¿Quizás sea el comienzo de una nueva carrera? Bueno, me alegra que te hayan gustado los dibujos. Lo cierto es que me divertí mucho mientras los hacía. Ilustrar mi propio libro ha sido una experiencia muy grata y estoy muy contento con el resultado. No descarto llevar adelante algún otro proyecto con ilustraciones, de hecho, hace tiempo que me ronda la cabeza la idea de un libro infantil basado en un cuento que escribí en su momento para mi hija, que padecía de terrores nocturnos. Ahora bien, lo que yo siempre quise ser es escritor. Es algo que tuve claro desde muy niño. Aunque me guste el dibujo, no podría abandonar nunca la literatura porque no sabría vivir sin ella.

6.- ¿Cómo ves el nivel cultural e informativo en Internet, puesto que los grandes medios escritos siguen denostándolo, y machacan la idea de que no es de fiar?
Creo que en Internet se puede encontrar de todo. Sólo hay que dedicarse a buscar un poco. Habrá sitios infumables, pero también hay muchos que se toman muy en serio lo que hacen y que se están convirtiendo en referencia obligada. Supongo que esto supone una amenaza para los grandes medios escritos, no creo que haya ningún otro fundamento que justifique la crítica indiscriminada.

7.- ¿Cuales son tus influencias literarias, tus autores preferidos de ahora y de siempre?
Siempre he sido muy caótico a la hora de escoger mis lecturas. Siempre he saltado de un lado a otro. Me gustan mucho John Fante, Tobias Wolff, Salinger, Auster, Vila-Matas, Millás, Cortázar, Kafka, Camus, Julian Barnes... También narradores de la generación de los cincuenta, como Medardo Fraile, Aldecoa, Fernández Santos… Y escritores como Fredric Brown, Philip K. Dick, John Varley, Lovecraft, Richard Matheson, Chandler, Hammett… Me temo que la lista sería interminable, sobre todo porque mantengo la curiosidad ante lo que va apareciendo.

8.- Los cuentos o relatos cortos son un menú para consumir de una sentada. Flannery O´Connor decía: “Confía en el cuento, no en quién lo cuenta”. ¿Nos hablas en tus relatos de la broma que es la vida…?
Bueno, más bien intento hablar sobre lo rara que es la vida. Muchas veces, lo único que podemos hacer es correr en pos de las circunstancias, intentando adaptarnos a lo que ocurre a nuestro alrededor, aunque la mayoría de las cosas no lleguemos a entenderlas nunca.




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I CERTAMEN DE RELATO DE TERROR “EDITORIAL CÍRCULO ROJO”








Paco saboreaba su café expresso medio dormido. Apenas oía el suave goteo de la vieja cafetera. El rastro de una gota llegó a sus dedos, suave y templada caricia de líquido…rojo. ¿Rojo? Paco despertó de golpe. Miró con aprensión la parte alta del armario, de donde surgía el río de gotas carmesí. Abrió temblando y antes de caer en la oscuridad consiguió avistarla: allí estaba, sangrante, un ojo pendido, mechones de pelo impregnados de sangre, carne macerada en miedo, la cabeza de su vecino.


No sé, tendré que revisar eso de la sangre, y quizás el nombre, Paco suena muy de andar por casa. Y estaría bien colocar un chirrío de puertas, o una corriente de aire gélido. Ya ven! me pillan trabajando, queridos lectores. Sudando la gota gorda para participar en el I Certamen de relato de terror de la editorial almeriense "Círculo Rojo".
Me he leído todo Edgar Allan Poe, H.P. Lovecraft, y Stephen King. Para inspirarme, ya saben. He roto la hucha y me he tragado un cursillo acelerado de escritura de terror. Un horror. Me he pasado el fin de semana de camping-gas en un caserón abandonado. Llevo dos días sin dormir, enchufada a mi DVD, con todo lo que pillo del género.
Ánimo!, apuntense porque el talento tiene premio. Y "Círculo Rojo" se abstiene de amiguismos y enchufismos a la hora de otorgar premios.

¿Las bases?


1.- El concurso está abierto a todos los autores de habla hispana.


2.- Los trabajos que se presenten deberán ser originales e inéditos (no publicados en ningún medio escrito ni digital), no lesionar derechos de otros autores o terceros, no existiendo litigios ni compromisos en vigor que condicionen la plena disponibilidad de la obra y el derecho de edición y explotación.


3.- Los relatos deben tener una extensión de entre 5.000 y 30.000 caracteres en letra Times New Román , tamaño 10-12 y espaciado normal. Es conveniente que los relatos aparezcan encabezados por un título.


4.- Los textos serán remitidos por correo electrónico a info@editorialcirculorojo.com en un documento word. Además, el autor deberá incluir otro documento word con sus datos personales, teléfono y email.


5.- La fecha máxima para la recepción de los relatos es el 30 de junio de 2009.


6.-Como premio, se realizará una publicación de entre 200 y 500 ejemplares de un libro que contenga los relatos finalistas. Se obsequiará al ganador con una dotación económica de 100 €, y a cada uno de los finalistas le será entregado un ejemplar de la obra. Los autores no recibirán ningún otro premio ni remuneración económica con respecto a derechos de autor más allá de los 100€ del premio al ganador.


7.- El fallo del jurado se efectuará antes del 15 de julio de 2009, dando a conocer el veredicto a los autores de manera individual.


8.- Los originales recibidos no serán devueltos a sus autores, quienes aceptan de antemano la posibilidad de que su relato pueda ser publicado en la citada obra.


9.- Se celebrará una gala donde se entregará el premio y se presentará la publicación.


10.- Cualquier asunto no contemplado en estas bases será decidido de forma inapelable por los miembros del jurado y la Editorial Círculo Rojo.


11.- La participación en este certamen implica la aceptación de todas y cada una de sus bases.


Ánimo escritores, si queréis vuestro libro en el mercado!

Editorialcirculorojo.com

28.4.09

Diario de un mal año, J. M. Coetzee




Mente ética

¿Cuántos escritores se meten en camisas de once varas? ¿Cuantos son, además de geniales literatos, una voz comprometida que hace carraspear a las autoridades políticas o autoridad de la índole que sea? ¿Cuántos asoman la denuncia a través de los subterfugios de su narrativa y estructuralismo lingüístico? ¿Cuantos?. Hay. Muchos llegaron a alzarse con el Premio Nobel, no sin sorpresa de propios y algunos extraños. Jelinek, del lado de los oprimidos, concretamente oprimidas, en el hoy actual. Harold Pinter que estás en los cielos. Kertész, la voz del genocidio. Saramago, anárquico, escéptico sobre esta decadente sociedad actual. Fo, y su valentía al arremeter contra el poder político italiano, la mafia y su camarada, el Vaticano. Morrison, eterna luchadora contra la segregación racial. Y más, hay, con Nobel o sin Nobel. También contra la segregación racial la voz de John Maxwell Coetzee se alza bronca y firme entre las líneas de una prosa única, una narrativa de una genialidad paradigmática, grande, profunda por ser sencilla, y sin embargo compleja.

Coetzee mira la decadencia del mundo de una manera tranquila, desde la perspectiva de sus personajes agonizantes. Pone la palabra como única salvación, el poder de la palabra. Toma partido, ya desde su celosa privacidad, que agradecemos sus admiradores, sus incondicionales. Porque una vez descubierto el poder de la palabra en la pluma de Coetzee se queda atrapado en esa incondicionalidad. La humanidad supura por todos los resquicios de sus obras, la desazón y los nudos emocionales. Con una confusa visión del erotismo, complejo, como la realidad misma. Polémico en su escepticismo y en su denuncia, para ello se trasmuta en sus personajes, o al menos eso creemos. Qué en realidad ellos son él.

Diario de un mal año es una de sus últimas obras. Vuelve a poner la atención en el intelectual maduro, cansado, consciente de su deterioro, (ya lo hizo en “Un hombre lento”). C., eminente escritor asentado en Australia es invitado a colaborar, junto con otros escritores, en un libro compendio de ensayos titulado Opiniones contundentes. Sin el mínimo asomo de la enfermiza corrección política, sus opiniones son contundentes. A la par que comienza los pequeños ensayos conoce a una atractiva vecina del mismo edificio donde vive, por la que siente un interés más erótico que místico, diríamos, teniendo en cuenta que Anya, filipina, se define como una joven pletórica de encantos, entre ellos su atrevimiento, excitante provocación y buenas dosis de exotismo. Al saber que la joven busca trabajo, C. le propone que mecanografíe sus manuscritos. Claro que una vecinita bombón nunca está sola; su novio Alan aparece en escena para crear un universo temporal a tres bandas. Todo ello plasmado en una arquitectura narrativa de ventanas, a saber, las tres voces narrativas, C., Anya y Alan, se alternan en cada página de las 238 de Diario de un mal año. Una aventura por así decir, ambigua, y con ello retadora para el lector, que se ve inmerso en tres cosmos mentales.

¿De que habla Coetzee a través de C, y de sus más vulgares, mediocres Anya y Alan?. De lo que siempre habla este sublime autor, la vergüenza, el poder, el deseo, el cuerpo y su naufragio, la humillación. Y desde luego la soledad y la mentira. La decadencia social: “Eso es lo que define la modernidad. Las grandes cuestiones, las que cuentan, han sido resueltas. Incluso los políticos lo saben en el fondo. La política ya no es el lugar de la acción. La política es un espectáculo secundario….”

Dividido en dos diarios, el primero contiene opiniones contundentes sobre los orígenes del Estado, el anarquismo, (esa emigración interior donde algunos nos encontramos), la democracia, la figura de Maquiavelo, el terrorismo, la pedofilia, la matanza de animales, la competición y su carrera sin meta, el diseño inteligente, la probabilidad y las matemáticas, Australia y su vida política, la música, el turismo, por supuesto el uso de la lengua, en este caso el inglés, la autoridad narrativa e influencias literarias: Dostoyevski y Tolstoi en primera fila.

El segundo diario, más corto: “estoy empezando a preparar una segunda y más suave serie de opiniones. Me encantará mostrársela si logro persuadirla para que vuelva” Escribe C. con la intención de que Anya continué transcribiendo, o acompañándole. Pero opiniones suaves no significan menores en intensidad e ingenio. El padre, los sueños, los admiradores, la vejez, el aburrimiento, la compasión, las aves… temas que conforman una argamasa narrativa junto a la transformación de la relación de Anya y Alan; o hablaremos, más bien, de la transformación de Anya.
En una mezcla ligada de ensayo y novela, el autor sudafricano cruza el umbral de lo imperecedero. Arriesga, se aventura y escapa de la literatura correcta de la complacencia. Quizá C. sea un mujeriego, un womanizer, un hombre que desmonta a Anya, y vuelve a montarla convertida en mujer.

Diario de un mal año nos habla de J. M. Coetzee, como todo libro nos habla de su autor, aunque podría ser que el libro nos hablara como si alguien susurrara dando la impresión que se refiere a uno. Puede que haya un elemento ilusorio en la comunicación con el libro. En todo caso Coetzee juega con sus personajes y con nuestra paranoia, al poner a C. como autor de “Esperando a los bárbaros”.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse. Gabriel Celaya.

17.4.09

La importancia de las cosas, Marta Rivera de la Cruz





Lienzo abracadabrante

Los premios más ruidosos (publicitariamente hablando) del panorama literario español proceden de editoriales, la mayoría de ilustre posición mercantil, lo que apareja el que esos premios sean, evidentemente, comerciales. Este festín de premios ha influido e influye sobremanera en la percepción de la calidad de la literatura, que mete en el mismo saco a fulanito y menganito; es el canon del éxito que descoloca el rango de los autores en el espacio literario. El libro como producto de consumo, más que como un arma de reflexión (masiva) y experimentación lingüística o filosófica, de entrada en otras realidades que huya de lo trillado. La posguerra española fue el detonante de estos premios, con el primero, el Nadal de 1944. Al que siguió un espabilado editor, José Manuel Lara, que hizo del premio Planeta el estandarte estrella de su editorial. Al que siguieron otros, como Seix Barral con su premio Biblioteca breve, o Anagrama con el Herralde. El mismo José M. Lara creó también el Lara, que reúne en su jurado a un conjunto de editores que conceden un cuantioso premio a compartir entre escritor y editor. Este más digno y excepcional.
Más independientes en un principio, estos premios se han ido convirtiendo con los años en instrumentos de promoción editorial-escritor, conformando un mapa literario cada vez más convencional y domesticado, sin dejar casi hueco a proyectos exigentes, iconoclastas, proteiformes, rigurosos, o radicales que transitan por carreteras secundarias, aupando un paisaje trampa, donde no se sabe si es el lector-cliente el que no tiene opción o se fabrica la opción que pide el lector-cliente, algo así como el debate de la telebasura y su pez que se muerde la cola.
La editorial Planeta, que ha crecido con la generación de nuestros padres y muchos de la nuestra, ha oscilado demasiado entre calidad, el talento que yo recuerdo más lejos que cerca (de hecho mi biblioteca contiene no mal número de sus publicaciones): Ana Mª Matute, Jorge Semprún, Juan Marsé, Francisco González Ledesma, Fernando Fernán-Gómez, Juan Benet, Manuel Vázquez Montalbán, Fernando Savater, Juan José Millas, Antonio Muñoz Molina… y la pura y dura aventura comercial, Torcuato Luca de Tena, José María Gironella, Mercedes Salisachs, Antonio Gala, Fernando Sanchez Dragó, Jaime Bayly, Espido Freire, o Alfredo Bryce Echenique que gusta jugar al plagio, al igual que Lucía Etxebarria o la reina del mismo, Ana Rosa Quintana… de regustos gazmoños y autores blindados, como diría Ignacio Echevarría, uno de los pocos críticos que más se acercan a la honradez, limpia de acomodaticio reseñismo.

Pero vayamos al grano. No me puedo creer que libros como La importancia de las cosas de Marta Rivera de la Cruz adquieran la atención que se les está dando en el panorama literario. Bien pensado, tal como se va deslizando el mercado editorial en la cultura del puro entretenimiento no sé de qué me escandalizo.
El espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: las cosas son más complicadas de lo que tú crees. Esa es la verdad eterna de la novela que cada vez se deja menos en el barullo de las respuestas simples y rápidas que preceden a la pregunta y la excluyen”. Me agarro a Milan Kundera para abordar esta simplicidad, este folletín de fácil pluma destinado a un público de pocas o esporádicas lecturas, que busca sosias de las series de televisón de una tarde de sábado. En un mundo confortablemente prejuzgado por las listas de ventas, la crítica es la tierra independiente donde aún cabe la discrepancia y la guerrilla.
La importancia de las cosas se sitúa en ese terreno del convencionalismo más atroz, nada y se ahoga en tópicos y lugares comunes, desbordada de sentimentalidad estereotipada dirigida a la sensiblería fácil de un lector educado pero no demasiado exigente, para el que la literatura es un entretenimiento sin más mordidas de polvo, ni laberintos de pensamiento.
Un libro, todo hay que decirlo, escrito muy correctamente, con decoro, y sin una sola errata (al parecer Planeta aún no ha prescindido de los correctores a pesar de la crisis). Con una idea que promete atención, el significado ulterior de nuestra relación con las cosas de las que nos rodeamos, y lo que a nivel psicológico dicen de nuestra relación con el mundo, nuestra comunicación, nuestra imaginación o nuestra situación emocional. Todo ello enmarcado en un ambiente universitario, con estrategias metaliterarias que podían haber desembocado en una trama rica, reflexiva, intimista, honda, doblegando el peso de la sintaxis para hacernos castañear los dientes; yuxtaponer diferentes espacios emocionales, (Kundera de nuevo) en lo que estriba el arte más sutil del novelista. Darle poder a la palabra, joder.
Pero Marta Rivera de la Cruz, de la que solo puedo hablar con referencia a este libro, (por lo tanto me coloco en la disyuntiva de que pueda ser su tropiezo, no todas las obras de un autor tienen que ser camicaces en excelencia) ha entrado de lleno en una palabrería sin fin, que alarga innecesariamente un volumen de 413 páginas. A cada rato tropezamos con redundancias y repeticiones que fatigan, (repeticiones que parecen de político), aprendido, pareciese, en un perfecto y cretino manual de escritura, quizá el que da su protagonista Mario Menkell, escritor casi retirado que enseña en una Universidad privada en la que sucumben todos los tópicos de medida universal (vamos, ni Corin Tellado). Pauta estilística constante, esa de la repetición y los diálogos de bazar, en un mercado ramificado en mil culebrones que acaban cerrándose en un increíble azar de casualidades circenses, porque solo en el circo se pueden dar esas coincidencias.
Repito, la idea parte de una buena salida: el encuentro del amor basado en la excusa de permanecer junto a alguien por la realización de una tarea interesante, la recogida de innumerables cosas y trastos dejados por un personaje, un coleccionista un tanto particular, que acaba de suicidarse. Un hombre que alquilaba un piso del profesor-escritor Mario Menkell, escritor este que tal cual trazado aquí, realmente no se entiende que interés puede suscitar, ni en una mujer ni en nadie. Mario está enamorado (en secreto) de otra profesora de la mentada Universidad de la maldades, donde gobierna un diabólico rector, Claudio Saldaña, que a la postre lo peor que ha hecho ha sido beneficiarse -con- una alumna en otros tiempos: “¿Cómo había sido capaz de prolongar durante meses aquella situación demencial? Porque aquella tarde no fue la última, no, señor. Él y Laura Morales habían seguido follando –porque eso era lo que hacían, follar, con todas las letras-durante prácticamente todo el curso”. Mario y Beatriz emprenderán la tarea de ir guardando ordenadamente las cosas del suicida, una vez instalada Beatriz en dicho piso, debido a su separación matrimonial. Se enamorarán con el trato, y descubrirán datos, a través del muerto (profesor de música), que incumben muy personalmente a la vida y pasado de Menkell, hasta el punto de hacerle volver a escribir, por supuesto, otra novela de gran éxito.
Dotada la historia de un maniqueísmo sin precedentes, todo el folletín oscila entre el blanco o negro, con una amplia gama de posibilidades estereotipadas de relleno: genial escritor huidizo que no escribe; violencia de género; un cáncer de mama estratégico; un amor eterno sustentado solo en pocos y mínimos encuentros sin trato; una anciana húngara aristocráticamente recortada, que tiene una pantalla de plasma de 50 pulgadas y un equipo estéreo, y gracias que no reflexiona sobre el sentido de la existencia y el destino, con novio de su misma edad y que se va la India; tópico uso de la rebeliones contestatarias estudiantiles; no puede faltar el editor carismático de la “exitosa” editorial que se acuesta con su directora editorial o ayudante; hasta Salman Rushdie y su fatwa, una oportuna madrastra joven que realiza el jaque mate, el viaje adecuado para abrir la caja de Pandora, las feministas y sus sobacos, el novio mafioso-italiano, son cartas siempre guardadas para el momento decisivo, sin hablar del uso constante de la palabra “puta”, colgada como un chorizo en una pastelería. O risibles descripciones, como la de los primeros sentimientos amorosos de Beatriz: “un cosquilleo difuso en una región indefinida e intangible”. Sería, sin embargo, injusto no aludir a aquellos párrafos con interés, en los que tal vez, Rivera de la Cruz debió hacer más pie: “Después de un mes hurgando en las cosas de otro, en los secretos de otro, en la vida de otro, estaban convencidos de haber adquirido una especie de patente de corso que les daba derecho a abrir todas las puertas, a husmear en todos los rincones. Ya no había nada sagrado, nada que pudiera ocultárseles, ningún secreto que no tuvieran derecho a conocer en toda su extensión”.

Un lienzo abracadabrante, que como pone la autora en boca de su desaborio Menkell, no hace una novela. Una cadencia literaria desprovista de lírica, con interpretaciones sesgadas, vacuidades mil, simplificaciones excesivas, que hilvanan un texto sin capacidad de convicción.
Hay que seguir luchando desde nuestras continuas lecturas y conocimiento para que estas obras y autores no se deslicen por error, como decía Elias Canetti, en la historia de la literatura sin que haya quien los saque.